Subid que os llevo. Y ojalá tardéis mucho en querer bajaros.

19 de mayo de 2026

Íbamos de viaje en el coche los niños y yo. Había pensado mucho en la organización para que todo fluyera de la mejor manera, expectante de que, en cualquier curva, todo saltara por los aires. Llantos al unísono, quejas constantes y peleas incontrolables desde el asiento del piloto.

 

Teníamos un fin de semana por delante solos nosotros: los niños con mamá. El sábado tuvo como protagonista a Kids&Us Badajoz, para variar. Y tuvimos el gran apoyo de los titos de Berlanga para sufragar mi doble papel: de MJo y de mamá. 

Sin embargo, el domingo lo sentía con ilusión. De este último año lo peor ha sido el tiempo robado a mis hijos y las promesas que no han llegado a cumplirse. Porque era imposible y nada compaginable con todo lo que llovía en la escuela. Por lo que tuve claro que el domingo solo tenía una obligación: hacerles muy felices. Y dedicarme a ellos, sin prisas, sin voces, sin distracciones.

 

Eran las siete y ya estábamos todos en marcha. Y les di gusto. Salimos en casa e hicimos los kilómetros cómodos, con los pijamas y los juguetes elegidos como compañeros de viaje. Los primeros kilómetros fueron muy buenos. Íbamos hablando, el sol ya nos saludaba y teníamos de banda sonora al Rey León. Misteriosamente no hubo lucha ni guerra de poder. Cesión rápida y “Milele”, entre otras, sonando como telón a las conversaciones que íbamos manteniendo. 

 

Yo, a pesar del cansancio, me sentía muy feliz. Me sentía libre de dirigir tanto el rumbo de nuestras vidas. Y a la vez muy responsable. Esa doble sensación, o esa vertiente, de mirar por el espejo y verlos a todos sentados, todos devolviéndome las miradas y con esa hambre de día completo juntos. Esa responsabilidad tan gigante que me aplasta y que me genera tanta angustia. Yo dirijo sus vidas con miedo de que algo pueda sucederles, de no hacerlo bien, de no adelantar a tiempo, de ir demasiado despacio. Y así, no solo pilotando ese día ese trayecto. Sino siempre, como uno de los pilares de sus vidas. Para siempre. Porque incluso cuando no estemos, nuestro papel de padre y de madre quedará en sus huellas, en su memoria y en sus futuros. Es aplastaste. Pero es real. Y es duro de aceptar porque implica una entrega tremenda, pero es, sin duda, lo más trascendental que haremos jamás.

 

El tráfico era fluido y, aunque salimos un pelín más tarde de lo previsto, me sentía feliz de haberlo hecho en calma. Sin voces, sin estresarme, completamente volcada y adaptada al ritmo de mis tres compis. La noche había sido dura, como siempre. Y los ojitos me contaban que faltaba un poco de descanso. Los animé a dormirse. Aunque se resistían, ¡qué mal llevan los niños eso de perderse un ratito de vida con nosotros! Les cambié primero a Camilo, que nos gusta a todos, y después a esa “playlist” que tanto uso “Mozart para dormir bebés”. Y puse el sonido en la parte trasera, porque, aunque se llama “para bebés” a los adultos también les surte efecto. ¡Lo prometo! Y así, poco a poco, fueron cayendo uno tras otro, con resistencia, pero con necesidad.

 

Y lo cierto es que mientras íbamos bajando revoluciones para invitarlos a la calma y al descanso, íbamos hablando de todo lo que veíamos cerca. Las vacas a la derecha, los dos caballos a la izquierda, el riachuelo. La paja como la de K&U. Las casitas donde nos gustaría vivir, el castillo que siempre vemos de camino a la casa de la abuela. Íbamos con ilusión compartiendo todo lo que veíamos, haciéndonos partícipes de nuestras vistas y de nuestros gustos. Y yo no paraba de sonreír porque me sentía plenamente consciente del momento y absolutamente entregada a esas percepciones. Con la mirada de niña y olvidando, cada vez más, dejando atrás, todo lo que me preocupa día tras día. Eso que es tan importante solo con la mirada de adulto.

 

No interrumpí ninguna conversación con ninguna llamada telefónica, no hubo whatsapps, y solo me concentraba en momentos de tensión cuando tenía poca visibilidad. Y ahí era cuando ellos me llamaban más intensamente para que yo pudiera disfrutar de eso que ellos veían. De las nubes que, como en el cuento de “¿A dónde van las palomas?” tenían formas identificables. O de las ovejas y los cerditos pequeños. Y así, kilómetro a kilómetro disfrutamos del viaje.

 

Y entonces me di cuenta de que las vidas no necesitan tener siempre las mejores vistas. Lo que necesitamos es que cuando haya praderas no tan bonitas, descampados o puentes menos bonitos, tengamos cerca a compañeros que nos sigan hablando de todo lo bonito vivido y de lo que vamos a contemplar. Disfrutando al máximo de esos segundos de maravilla. Con el éxtasis y los gritos de la aparición de las vacas, que luego te da para un buen ratito de charla. Con la tranquilidad del silencio compartido y los ojos bien abiertos. Para regresar a la alegría con los caballos que comían tan cerca de la carretera. 

 

Y es que quizás se trata de aprender a vivir así. De saber que el viaje no siempre va a ser tan bueno, ni tan excitante, ni tan lleno de matices. Y que basta con saber a dónde quieres llegar y con quién. Y cómo. 

 

Porque, de repente, cuando todos estaban dormidos y veía animales a ambos lados, miraba por el espejo y los veía plácidamente soñando, estando con ellos, los echaba de menos. Porque no podía compartirlo y me daba pena que se lo perdieran. Así somos las madres, al menos yo. Que todo me da pena. Que sueñas con un ratito de paz, y a la vez anhelas el ruido innato a esa infancia que vuela y se nos escapa.

 

Veía paisajes que les gustarían, nubes que hacían formas fáciles y pasábamos por pueblos donde siempre les cuentos historias y estaba deseando que se despertaran. Y pensé mucho en cómo será mi vida cuando ya no viajen siempre detrás. Cuando no pueda conducir sus vidas o estar cerca de sus desvelos. Porque ahora al menor llanto está el chupete, la cosquilla o la palabra acertada. Me los imaginé por un momento en otras vidas. En las suyas. Porque tendrás más, no solo en la que fueron hijos. Mis hijos. Serán lo que quieran ser y yo ya no decidiré el rumbo, ni el pijama. Y los eché de menos aún teniéndolos pequeños. Porque ha pasado demasiado rápido esta primera fase.

 

Me acordé de todas las veces que mi madre me llama. Cuando me compra algo, cuando ve algo que me gustaría o habla con alguien que quiere contarme. Y yo, ocupada, no puedo cogerle el teléfono o devolverle esa llamada. Y pensé en cómo me dolerá a mí cuando no pueda compartir con ellos en directo, a la carta y a mi merced todo cuanto quiera o necesite. Me planteé hasta cuándo querrían viajar conmigo y confiarían en mí para crear un buen recuerdo.

 

Pensé en lo contados que serán lo viajes juntos. En que dejaremos de compartir paisajes y que, con suerte, nos los contaremos para hacerlos cómplices de alguna forma.

 

Fui de nuevo consciente de la importancia de ser su madre. De la fugacidad de mi maternidad tan implicada y necesitada. Volví a reflexionar sobre el futuro de los hermanos. Si conseguirán aunar fuerzas, decisiones y caminos para, de vez en cuando, compartir el camino. Tan juntos. Y tuve miedo de nuevo. De que no se tengan. De que no se encuentren. De que no consigan tener la misma perspectiva y tengan tantas diferencias que no puedan verse. No pueda ver todo lo que yo veo. Como se adoran y como se necesitan. Como de increíble es ser su madre, así, a la vez. De todos ellos. Porque soy varias versiones de mí misma gracias a las diferencias que los sostienen. 

 

Viví el viaje con sabor agridulce. De quien respira cada segundo y de quien teme el mañana. Viví el trayecto con un podcast al que le tenía ganas, y con sabor salado. Porque lloré en más de un instante. Aunque no conseguía quitarme la sonrisa perenne de quien tiene tan cerca lo que tanto ama. De quien siente orgullo de sentir libertad para diseñar un día a su medida.

 

Y encontré belleza en carreteras que he vivido muchas veces. Restando malestar y sumando bienestar. De quién sabe lo que quiere, lo que necesita, lo que ha aprendido y ha resurgido de lo que un día temía.

 

Celebré sus despertares, narrándole todo lo que se habían perdido y entonces se quejaban de que los hubiera invitado a cerrar las pestañas un ratito. Y me echaron en cara que no habíamos tomado la tostada. Porque había una promesa de parar a tomar un desayuno rico, pero no me compensó la logística. Preferí acercarme, kilómetro a kilómetro, al lugar que nos esperaba para no defraudarnos, como siempre.

 

Tuve mucha suerte de tener el coche lleno. Lleno de alegría, de ganas. Con el cartel de “aforo completo”, aunque no tanto porque pronto llega nuestro último bebé. Y tuve la suerte de tener la capacidad de aguantar el cansancio, la temperatura y la dificultad. Porque no es cómodo viajar con niños, y menos sola. Pero es que como siempre cuento, a la maternidad se le puede poner cualquier adjetivo menos cómodo.

 

No sé cuánto tiempo nos queda en el mismo vehículo. No sé cuánto tiempo me dejarán dirigir su vuelo y ajustar sus alas. Solo quiero que todo lo que nos queda sea tan mágico como ordinario, tan llano como exuberante. Y que en cada vértice del tiempo sepamos cerrar bien las puertas, darnos fuerte la mano, poner la música bien alta y sobrevivir a cada cambio de etapa.

 

Mejor no desabrocharnos aún el cinturón, esto solo fue el sueño del domingo. Un capítulo. Tenemos toda una historia por redactar. Y protagonizar. Encantada de tomar las riendas. De coger ese volante, de elegir la mejor banda sonora a nuestra vida y de llenarnos de juguetes, cuentos y enseres de esos que algún día dejaremos de tener tan cerca. Y que dejarán tanto espacio libre. ¿Eso también se echa de menos verdad? La preparación tan enorme y el equipaje tan elaborado de estos primeros años de vida.

 

Que en el mundo sigamos encontrando los mejores refugios para ser y estar. Donde siempre podamos ser tan nosotros. Tan libres. Tan de verdad. Tan locos. Tan eufóricos. Sin juicios. Porque, si hay algo que me guardo de este fin de semana, es el privilegio de ser vuestra madre y de dejaros ser tan, tan niños sin miradas que cuestionan, que hieren.

 

Espero que os guste vuestro asiento, que sea cómodo y que queráis mantenerlo. Yo prometo no quitároslo. 

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