Capítulo 15. ¿A qué hora pueden llorar las madres?

3 de mayo de 2026

Hay muchas noches que cuando estoy absolutamente abrumada y agotada, hago de broma esta pregunta a mi madre en esa última llamada del día. Siempre, siempre, acabo riéndome cuando la digo. Pero es que hay tantas veces que tengo ganas de llorar y siento que no tengo ni tiempo de pararme a hacerlo… O incluso hay espectadores delante, esos con los que no quiero llorar simplemente por agotamiento. Porque eso sí, si se trata de desnudarme emocionalmente, con mis hijos me siento en la confianza plena de hacerlo. Narrándoles los daños a su altura y a su capacidad de entendimiento. Así que este texto dedicado a nosotras lo he llamado así. Por ponerle humor a ese cansancio físico y emocional que nos acompaña en tantas jornadas.

 

No voy a mentir, me habría encantado tener este escrito listo anoche y haberlo enviado hoy a primera hora. Sin embargo, no me dio tiempo. Y no me dio por el principal motivo de que una de mis normas es no escribir cuando no es la fecha. Porque siempre pienso que voy a sentir más cuando lo estoy viviendo. Y hoy he acertado de nuevo. Porque, si hay algo que me gusta de días como hoy, es ver la cantidad de personas que están orgullosas y agradecidas de y por su madre. Como presumen, como escriben. Las fotos que comparten. 

 

Aunque sé que no todos tenemos un sentimiento unánime hacia nuestras madres, lo cierto es que días como hoy me curan un poco porque siento que un gran porcentaje de padres y de madres actuales han tenido referencias sanas y han sido criados con amor, con dedicación y con ejemplo. Y eso, por supuesto, es motivo suficiente para celebrarlo.

 

Hace un tiempo escribí una frase que leí, no recuerdo dónde, (voy haciendo un poco de collage siempre de textos, palabras y frases que me llegan y elaboro mis creaciones): “tenemos la gran oportunidad de darles lo que nosotros no tuvimos”. Y así es. Si no contamos con la fortuna de tener una madre como esa que definen los mejores autores y los mejores libros, seamos nosotras esas. Y eso no implica que seamos perfectas. Esas definiciones solo hablan de verdad. De ser imperfectas pero amorosas con ellos. De estar presentes. De escucharlos con atención. De contar cuentos, de jugar con ellos. De hacerles saber que, pase lo que pase, siempre vamos a estar ahí. Y de que nuestro amor no entiende de condiciones, de errores. 

 

Cuando vamos creciendo, como hijos, vamos comprendiendo que su amor es incondicional. Porque suspendemos exámenes, porque hacemos lo que no debemos, porque no les llamamos lo suficiente, porque les hablamos mal. Porque mil cosas que no son ejemplares y, sin embargo, su figura de afecto sigue intacta. Y es que hay mucho innato en ser madre. Porque sé es desde que sueñas con serlo. Desde que lo sientes. Desde que está dentro, desde que lo ves. Un sentimiento acompañado de un miedo infinito. Quizás por eso sea tan incondicional, porque queremos entregarlo todo para cuando no estemos.

 

Hoy mi hija María me ha preguntado que si me voy a ir al cielo, porque le he preguntado si me va a querer siempre. Se me humedecen los ojos solo de pensarlo. No quiero irme de aquí. No quiero irme de sus vidas. No quiero perderme nada. Esto ya os lo conté en uno de mis capítulos más duros: el Capítulo 2 de “Lifetime”; recojo un trocito aquí: “Y como madre no hablo de si finalmente viajas a Nueva York o a Japón. Porque cuando eres madre o padre el mayor éxito, los mayores paisajes, los mejores monumentos y las siete maravillas los tienes cerca. Y haces ahí, en tu casa, las mejores postales. Esas que sin filtros, muchas en pijama, sin maquillaje y sin poses, consiguen ser las estampas de tu vida.”

 

Y así es como voy con nostalgia siendo la madre de mis hijos, porque soy incapaz de vivirlo de otra manera. “Nunca han sido tan mayores como hoy, pero nunca volverán a ser tan pequeños”. Una frase de esas muy “manidas” pero que es tan certera. Tanto, que duele. Tanto, que asusta.

 

Siempre dije que iba a ser mamá, y que iba a serlo de cuatro hijos. Aunque no tenía la seguridad ni de una cosa, ni de la otra. Y siempre confesé este miedo a mi amiga Gema. Lo habíamos hablado varias veces. Yo temía que llegara el momento de hacerlo realidad de que no pudiera cumplirse. Y me veo ahora, con una barriga enorme sobre la que apoyo el cojín con este ordenador, con un cuarto bebé haciéndose notar y sonrío pensando en todos los miedos que alguna vez tenemos y que no llegan a ser parte de nuestra historia. […]

 

Y este texto tiene también cabida para todas esas personas tan cercanas a las que quiero tanto, que están justo en ese instante. Con el deseo infinito y el acto real de comenzar a cumplirlo. En especial, una amiga íntima que sueña con tener un bebé en brazos el próximo día de la madre. Y yo sé que eso va a ser una realidad. Porque no hay nada que detenga un plan tan compartido y no hay evidencias científicas que os pidan conseguirlo. Así que amiga, vamos a soñar, y a lo grande, y juntas. Te quiero. Hemos salido por fin de la meseta.

 

Hoy he leído una frase “madre sí hay más de una”. Y me ha hecho pensar mucho. Yo cuando era pequeña siempre decía que tenía dos mamás, mi madre, y mi tía Estrella. Porque nosotros fuimos tres hijos criados por una madre soltera. Un padre absolutamente ausente. (Una herida infinita de infancia que merece no un capítulo, sino un libro). Y tener a mis tíos y a mis abuelos maternos tan cerca de nuestras vidas fue la suerte de nuestras vidas. Además de amigos de mi madre que siempre fueron familia. De hecho, siempre crecimos pensando que lo eran de veras.

 

Y además de eso, hay niños y niñas que crecen con dos mamás. Y hay hijos e hijas que pierden a sus madres cuando no toca, y la vida les recompensa con parejas de sus padres que actúan con el corazón de una madre y con el amor y el calor necesarios. Hay hermanas a los que, a veces, nos toca actuar como madres. Y aunque no es lo mejor, ni elegido, la vida tiene esa extraña manera de colocarte en un punto de madurez y de sufrimiento que requieren de tu mejor versión para salirte del papel de igual y sumergirte en una autoridad. Si es que en algún momento vale de algo. (Otro capítulo). A veces, también tenemos amigas que nos guían como madres, y que nos cuidan cuando estamos lejos y cuando estamos perdidos. Tenemos suegras, cuñadas y tías y abuelas que ejercen de pleno derecho y de plena entrega con nosotros como madres y hacia nuestros hijos. 

 

Y qué suerte que la vida te descoloque todo tanto que aprendas a dar las gracias por todas las mujeres ejemplares que tuviste cerca. Porque ser “ejemplar” no es sinónimo de no cometer errores y de tener premios. Ser ejemplar es saber amar a quien tienes delante, tal y como es. Dejándole ser. Es saber entregar tu tiempo a otra vida. Es mostrarte vulnerable, sensible y valiente a una persona más pequeña que tú que aprende de ti la forma en la que ve el mundo y la manera en la que se relaciona con las personas.

 

No hay vidas perfectas. O al menos yo no la he tenido y no las he tenido nunca cerca. Pero sí hay relaciones perfectas por su manera innata de volver a su lugar sin mucho esfuerzo, con mucho perdón, sin mucho drama y con mucha empatía. La perfección de saber que os queréis, independientemente de cómo podáis ser en diferentes etapas de la vida. La perfección de saber cuándo y cómo toca estar. De cambiar juntas. La perfección de encontrar el momento adecuado para hablar. La perfección de respetarnos. De cuidar. 

 

Mi madre y yo no somos perfectas. Somos muy parecidas, pero no perfectas. Ni en nuestra relación de madre-hija, ni para con los demás. Y no me gustaría que lo fuéramos. Porque yo viéndola imperfecta la quiero de una forma increíble, tanto que no puedo escribirle. Quizás por pudor, o porque se da por hecho. También, porque he aprendido a ser madre con su ejemplo y mi forma de entregarme a mis hijos y de anticiparme a sus necesidades ha sido algo heredado. Algo que está en nuestra forma de ser. 

Hace un par de años le dediqué estas palabras, que hoy recupero. Porque este capítulo no deja de ser en sí una dedicatoria a mi madre: 

 

“Feliz día de la madre, mamá. Mi palabra favorita. 
G r a c i a s por existir. Nuestro mundo sigue girando porque mueves absolutamente todos los hilos, proteges incesantemente todos los miedos y amas incondicionalmente todas nuestras versiones.
La vida no te lo ha puesto fácil jamás y me duele infinito, pero no dejo de alucinar de cómo has salido airosa de cada una de las batallas. No existen palabras a medida para contar una historia, para hablar del amor que nos has ofrecido y de la red infinita que nos ha salvado.
Gracias mamá por tejerme las alas, siempre. Y gracias, cada vez te necesito más. Solo las hijas que ya somos madres entendemos el valor inexplicable en los primeros meses. No recuerdo un solo instante en el que no te hayas anticipado a mis caídas y, aun así, no me hayas dejado tropezar.
Cada recuerdo de mis primeros meses como madre tengo clavada tu mirada tierna, preocupada hacia mí. Tengo tus ojos brillantes, tu predisposición y tus detalles guardados.
De aquel veinticinco de junio lo que más brilla en mi memoria es tu mirada honesta y feliz siguiendo cada uno de mis pasos. Y a veces eso es lo que hacemos las madres dejamos de vivir por nosotras para ocuparnos y dedicarnos a la felicidad de nuestros hijos. Y en esto tú eres experta. Más de treinta años sacando todas tus herramientas emocionales, toda tu experiencia a nuestras necesidades. Tres vidas distintas latiendo en una inmensa. Gracias por dedicarnos cada instante.
No te lo digo nunca, pero lo que más me gusta de ti es que siempre te tengo en la oreja. Me haces sentir que soy tu primer puesto. En cada llamada obtengo una respuesta. Un concierto. Tus amigas. En el café. De crucero. Me sorprende que cualquier plan se te antoja menos importante que yo. A veces te riño y te digo que puedes hablar conmigo en otro momento y tú siempre me dices que lo primero es lo primero. Me encanta que seas mi madre.
No existen gracias suficientes. Ojalá mis hijos algún día sientan algo así por mí.
Sigue sonriendo en la tristeza y cantando en las heridas, necesitamos cada una de tus sonrisas y cada una de tus canciones.
Juntas podemos con todo. Siempre.
M a m á, no me dejes nunca. Te adoro.

 

Siempre digo lo mismo: yo no sé ser madre. Y me preocupa en exceso que podamos ejercer de mamá (o de papá) sin formación previa. Me parece inaudito que podamos ser padres sin que se nos haya evaluado antes. Que para lo más difícil que haremos jamás, podamos tenerlo tan fácil. No lo entiendo. […]

 

No sé ser madre por muchas razones. Y muy especialmente porque solo llevo siéndolo cuatro años y poco, mi hija mayor tiene cuatro añitos casi y medio. Así que no conozco la maternidad más allá de esta etapa. Y reconozco que me da absoluto temor lo que veo ahí fuera. O lo que yo recuerdo. La adolescencia, por ejemplo. Me duele el daño, el silencio. Me pesan los deberes, sus obligaciones, su pérdida de la inocencia. No solo no sé ser madre, es que no me siento preparada para serlo en todas las versiones que mis hijos van a necesitar de mí. Y esto me inquieta. Porque no quiero vivirlo improvisando. No quiero hacerlo mal. Quiero ser refugio sincero. Verdades. Quiero tener respuestas. Quiero abrazar cuando sea necesario. No quiero juicios. Quiero respetar sus días malos y celebrar todo lo bueno. 

 

Me gustaría, muchas noches, ver el futuro. Y saber cuánto tiempo voy a ser hija y cuánto tiempo voy a ser madre. Porque tengo un miedo atroz a perder a mi madre. Esa a la que siempre le hablo mal cuando estoy agobiada. A la que riño cuando me llama en momentos de estrés. Mi inoportuna favorita. Porque confieso que si hay alguien en este mundo que se pueda permitir, con todo el derecho, a criticarme y a contar todo lo malo mío, esa es mi madre. Ella escucha mis voces. Ella es mi desahogo. Pago con ella mi agobio, mis kilos de más, mis frustraciones, mis batallas perdidas. Le quito todo el tiempo posible. Porque sé que va a estar. Y eso tiene delito. Que seamos nuestra peor versión con la persona que siempre nos regala su mejor. Deberíamos plantearnos esto un poco, ¿no? Qué crueles somos. Como nos aprovechamos de saber que siempre está ahí. Al otro lado del teléfono. En nuestra casa. Y como de mal acostumbrados estamos. Y como de equivocados estamos. Porque creemos que vamos a ser hijos para siempre. Y la realidad es que es totalmente finito. “Una nunca de ser hija por muy madre que sea”. Esa fue mi dedicatoria a mi madre en mi primer día como mamá. Y como lo siento de profundo y de real. 

 

Yo solamente quería llegar a vuestras casas en el momento de paz. Con el deseo honesto de que hayáis tenido hoy pedacitos de amor. Regalos envueltos que descubren manualidades hechas con tesón e ilusión enorme. Algún regalito material de vuestro compi de vida, si lo tenéis. Y ojalá hayáis tenido el detalle de tenerlo vosotros con vuestra mami, si aún la tenéis. También, con la esperanza de que si ha sido vuestro primer domingo de mayo siendo huérfanos de madre hayáis tenido la entereza suficiente para recordar con una sonrisa los mejores momentos del trailer de vuestra vida juntos. Ojalá. Y hayáis tenido la fortaleza de haberle dedicado un ratito de calidad a vuestros hijos siendo esa versión de vuestra madre que un día tuvisteis.

 

Deseo que hayáis encontrado en la máxima normalidad, lo más extraordinario. Y que lo hagáis no solo hoy, sino siempre. Que encontréis sentido a esta tarea infinita de ser madres. Y que lo llevéis a cabo cuidando a las personas que habéis elegido para caminar cerquita: vuestras parejas, vuestros amigos y a vosotras mismas. Porque si nosotras no somos felices mientras somos madres, ellos no tendrán en su memoria un recuerdo agradable.

 

Nos veo a todas. Con las listas infinitas de cosas por hacer. Nuestra exigencia gigante de ser inolvidables e inmortales. Con las vidas que echamos en falta, aunque nos dé reparo hasta susurrarlo. Nos veo las noches que están malitos. Los días que necesitamos concentrarnos y solo tenemos en mente la despedida fugaz o triste en la puerta del cole. Nos veo. Y nos abrazo a cada una de nosotras. Por intentarlo siempre. Por querer ser buenas madres. Por quererlos siempre cerca. Por querelos tal y como son.

 

Os veo cada tarde. Os observo tanto…Os leo. Os veo crecer como madres. Os veo acompañándolos. Os veo mientras ellos se superan, mientras os sorprenden. Os veo librando batallas, haciendo malabares y os veo llorando. Hemos llorado mucho juntas. Y hemos vuelto a sonreír. Y hemos celebrado finales de túneles. Y seguiremos haciéndola. Porque si algo necesitamos las madres es que ejerzamos juntas. Con confianza. Con generosidad. Sin juicios. Escuchándonos con el alma y queriéndonos con razón. Eligiéndonos. 

 

Deseo que este tres de mayo haya tenido, al menos, un instante feliz de esos que te guardas para siempre en la mochila emocional. Esa que nadie puede quitarnos jamás. Y esa que ojalá llenéis siempre más que la de la culpa.

 

Feliz Día de la Madre. Gracias de corazón por dejarme ser parte de vuestras vidas y testigo de vuestra mayor decisión. Gracias por inspirarme, porque veo en vosotras trocitos de la madre que ahora soy.

 

Con todo mi amor,

 

MJo.

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