Capítulo 14. Las pizzas de tu vida. Ingredientes y porciones.

1 de mayo de 2026

Durante un tiempo llegamos a pensar que somos siempre los mismos. Que cambiar está mal, que nos pueden juzgar si ahora nos gusta algo que antes no o si tenemos amigos diferentes. O vivimos donde nunca creíamos que haríamos.

 

He jugado un poco, he hecho un par de metáforas de la vida con una pizza. Y yo antes pensaba que el sabor favorito de la pizza tenía que ser siempre el mismo. (La cuatro quesos sigue siendo mi imprescindible). Sin embargo, he aprendido que, sobre todo, cuando vives en pareja, debes elegir pizzas distintas cada poco tiempo. Si quieres seguir compartiéndola. Porque las necesidades, en este escrito referidas como gustos, van evolucionado. Y tú no puedes sentarte a comer pizza, a compartirla, si a la persona que tienes delante le va a dar alergia o intolerancia uno de los ingredientes que tú has elegido.

 

Y es que lo que durante una etapa puede funcionar, y puede ser la mejor pizza para los dos, puede dejar de serlo. Porque pruebas en otros restaurantes, porque de repente eres celiaca o porque simplemente ya no quieres la masa gruesa. La masa fina también te parece un placer.

 

Y así poco a poco fui entendiendo como nuestra relación había cambiado. Tanto y durante tanto tiempo que llegó una noche en la que cada uno se abastecía de su propia pizza y no había absolutamente ningún bocado que fuera para dos. Porque aunque en cada boca la vida tiene su sabor, lo cierto es que merece la pena intentar agradar el paladar de la persona que duerme en el otro lado de la cama. ¿No?

 

¿Es cómodo? No siempre. ¿Es generoso? Sí siempre. Porque elegir pensando en el otro es querer y elegir una vida. Yo siempre usaba una frase que leí que me encantó y que me sigue encantando “dos vidas en una, una vida en dos”. De hecho, un año le regalé a Eugenio un calendario de estos de fotos por mes que llevaba ese título. Creo que todavía lo tengo en alguna caja.

 

A nosotros nos han funcionado, casi siempre, los mismos ingredientes. Porque pocas veces hemos tenido hambre de cosas distintas y casi siempre hemos tenido hambre a la misma hora. Pero hubo una época en la que nos sentíamos completamente lejos. Si antes siempre queríamos tomate de base, ahora ya nunca los dos. Si antes nos parecía bien mezclar atún y york en la pizza, ahora ya solo uno de los. Y nunca era la misma noche la que elegíamos el mismo ingrediente principal.

 

Y yo empecé a observar que incluso la manera de comer era distinta. Porque teníamos sed y hambre de futuros que diferían infinito de lo que habíamos probado antes. Y es que cuando te conviertes en mamá y en papá, además de comerte siempre la pizza fría, también tienes ganas de dejar de pedir comida a domicilio y te apetece salir algún día a algún restaurante nuevo. Porque la monotonía y la obligación infinita no son el mejor maridaje para una pareja de larga duración. Y admitirlo es el primer paso para empezar a elaborar la pizza desde el inicio.

 

Desde el principio eliges, pero a veces es tan sencillo que asusta. Y la elección es mutua, y sin ser consensuada, común. Y todo es fácil durante mucho tiempo. Tanto que nunca crees que vas a estar en una misma mesa con una persona que come una pizza que tú jamás probarías. Porque tiene cosas que tú jamás pondrías en la tuya. Y le ha quitado tus imprescindibles. Sirvan estas metáforas para hablar de ese bosque que tuvimos que cruzar para darnos cuenta de que no estábamos. De que ya ni siquiera podíamos pelearnos por robarnos el último trozo. Porque cómodamente y egoístamente habíamos preferido la paz a la guerra, y habíamos elegido mirar solo a nuestras necesidades.

 

Sin consultar las alergias nuevas detectadas, sin pensar en las apetencias del otro. Llegó un punto donde solo importaba el “yo”. Y un tiempo en el que dejamos de reconocer en el comensal de enfrente a nuestro compañero de vida.

 

Y es cierto que los gustos cambian, claro que sí. Y es lícito. Pero la piña en la pizza o los champiñones deben ser, al menos, alimentos que tu pareja pueda ingerir sin que acabe en una ambulancia con un cuadro de intoxicación. Jamás puedes incluir en tu vida algo que al otro le va a hacer sufrir hasta límites altos. Nunca. 

 

Y hablarlo, detectarlos a tiempo, y poder confiar nuestros ingredientes favoritos es el punto número uno o la norma número uno para poder disfrutar de una elaboración sana en la cocina de casa. En familia. 

 

Había noches en las que veía a mi marido comiendo pizzas rarísimas. Con sustancias que yo jamás habría puesto y que nunca antes le había visto. O sí, pero en una época que nada se parecía a la de ese presente. Y me dolía. Demasiado. Quizás, porque llegué a pensar que no volveríamos a compartir la vida con el mismo afán. Con la misma entrega y con el mismo sentido del gusto. Siempre le dije que imaginaba que él también lo vivía así. Porque soy justa. Si yo no estaba bien con él, daba por hecho que él tampoco lo estaba conmigo. Y que mi pizza permanecía inmutable. Y que eso quizás a él tampoco le estaba haciendo feliz. Ni por supuesto cubría sus actuales necesidades.

 

Que otra cosa no, pero he aprendido que las necesidades de los padres y de las madres son francamente distintas. En elecciones, en cantidades y en calidades. Y dejé de frustrarme y de intentar que esta etapa tan sumamente demandante y entregada a nuestros hijos la viviéramos al mismo nivel de intensidad, de amor y de sacrificio. Era imposible. Es imposible. Y para ello, me nutrí de charlas profundas. De mujeres profundas. Amigas. 

 

De esas que te hacen un hueco en su agenda del hospital y en la misma cafetería del Perpetuo te dicen cuatro verdades. Y te asombras. Y aprendes. Y desaprendes. Y ves tu presente en el pasado de alguien a quien admiras. Y te cuenta con mimo, con cariño, con cuidado la realidad de este proceso. La aceptación o no de los cambios. La forma de vivirlo. La manera intachable de atravesarlo respetándote a ti misma, a tus límites, a tu amor propio y a tus inquebrantables necesidades. 

 

Esa amiga, esa mujer con la infusión que hervía demasiado y no tomaba ni un sorbo, me miraba a los ojos. Y vivía ese instante como lo más importante. Y yo sabía que en el hospital había muchísimas historias y preocupaciones más trascendentales que la mía. (Pero en cuanto a dolor a todos a veces nos ciega la vanidad y nos maleduca el egoísmo). Ella me miraba con compasión y me hablaba como si tuviera delante a su versión más joven, con sus dos hijos aún pequeños. Y la veía volver atrás. Y veía que le dolían algunos recuerdos. Y ella me lo contaba todo con detalles. Me llenaba el alma. Me hablaba sin pelos en la lengua. Como cuando me atiende en su carácter profesional. Ella es astuta, demasiado lista. Es inspiración infinita en todas sus facetas. Entonces ella me miraba sin prisa (aunque tenía muchísima) y me contaba cómo un amigo sociólogo y antropólogo le explicaba minuciosamente cómo la felicidad del hombre y de la mujer tienen, como la pizza, elementos diferentes. Y cómo eso no resta el amor. Esa conversación corazón con corazón me cambió. Demasiado. Me dio valor. Fuerza. Me devolvió una parte de mí que ya no tenía conmigo. Y era la seguridad. El saber que la vida y la pizza también te las puedes tomar tú sola. Pero que eliges hacerlo acompañada, aunque eso implique renuncias y exija negociaciones. Porque eso sí, hay que negociar. Y hay que trasmitir todo lo que pasa por dentro. […]

 

Que eso sí, nadie tiene más necesidades emocionales que una mujer embarazada o recién convertida en madre. Y esto es una verdad absoluta. […] Así que, si vas a cambiar de pizza, asegúrate de que tu mujer se pueda comer un buen trozo. Porque es la que más alimento necesita. Y si tienes que quedarte con un poco de hambre, quizás sea lo mejor que puedas hacer en ese momento de vuestras vidas. Porque no saciarte de hobbies, salidas o dormir puede ser el mejor regalo que le hagas a la madre de tus hijos. Porque ella jamás tiene todo lo que necesita. Al menos no ahora. […] Y mientras tu vida puede seguir como casi nada, la de ella es como nunca antes. No le late el corazón si está en un bar tomando una 0.0, no le sonríe el alma si está sin ver a su bebé más de unos minutos. Y aunque de eso tú no tengas culpa, sí tienes la responsabilidad moral de acompañarla en ese trance y puedes tomarte una cervecita bien fría en la terraza de casa mientras ella repite otra toma […]

 

Yo me veía ahí, en cualquier sitio de la ciudad y en cualquier momento. Una bonita coincidencia en la Plaza de Conquistadores, un ratito en la puerta del Kids o en audios de whatsapp. Intercambiando daños con mujeres. Y nos veía tan iguales que me asustaba y todas con la misma certeza. A veces, hay que dejarles que horneen una pizza, aunque tenga infinito gluten y tú seas infinitamente celiaca. Porque otra cosa no, pero la saciedad y la elección de componentes en la paternidad compartida es tan diferente que asusta.

 

Tuvimos que quemar muchas pizzas, probar muchas combinaciones. Y hablar muchas noches. Muchísimas. Llorar mucho. Tomar perspectiva. Pedir ayuda. Tener muuuuuchíiisimos desacuerdos. Probar otras pizzas. Dejar que nos recomendaran otras. Volver a comer antiguas versiones. Y elegir seguir cocinando juntos, por más tiempo. Aunque eso implicara no usar ingredientes que provocaran perspicacias. Fue un acto de amor a nuestros hijos. Un acto de generosidad a la María y al Eu que iniciaron este camino. Supongo también que fue un regalo de amistad a nosotros mismos. Y una entrega de solidaridad en nuestra casa. Porque volvimos a ser los de siempre, aunque ya no nos parecíamos tanto a esas versiones. 

 

Y de repente los viernes olían a pizza recién horneada que podíamos trocear y no llevaba nombre. Porque podíamos probarlas todos. Y poco a poco todo volvió a su normalidad. Esa que desaparece cuando un bebé llega a casa… […]. Esa normalidad de la que tanto nos quejamos, y que tanto anhelamos cuando deja de estar. Y en realidad era una normalidad nueva. Un nuevo momento de nosotros como pareja, y también como familia. Aceptando sabores nuevos, […]

 

Hablamos de ingredientes, como elecciones y necesidades. Y podemos también hacerlo de porciones, como tiempo y dedicaciones.

 

De la importancia de saber dividir nuestra vida en trozos con sentido. Con responsabilidad. Con consecuencia. Porque cuando eres padre o madre tu pizza tiene prácticamente dueño y es bastante probable que puedas ni llegar a darle un buen mordisco si no te das prisa. Porque tu tiempo, tu mente y tu alma están al servicio de las necesidades de alguien pequeño. 

 

Si aún sois solo novios, casi puedes comértela entera o tenerla en dos mitades. Si ya teneís algún peque, pasamos a fracciones más importantes. Está el trabajo, está el deporte y tu salud, el amor de pareja y el amor a tu hijo. Mínimo, mínimo. Además, de la familia extendida, de los amigos. 

 

A mí personalmente me preocupaba mucho cada vez que veía la pizza cortada. Porque veía trozos del mismo tamaño que para mí eran incompatibles. Había trozos enormes en ocupaciones poco responsables o poco convenientes a ese momento. Es sabio reconocer el pedazo de vida que hay que darle a cada cosa. Es importantísimo fraccionar la pizza otorgando siempre los trozos más grandes a las responsabilidades más gigantes. Es fundamental ofrecer el pedacito menos quemado a la persona con la que compartes la aventura. Porque es un actor de amor incalculable el saber ceder. Y no dar lo que tú no querrías jamás.

 

Igual que con el sabor, pasa con el tamaño. Los trocitos a repartir deben variar de forma y de dimensión. Porque la vida va tomando también su propia envergadura. Y hay que saber vivirlo a tiempo. Es inteligente saber en presente lo que tu vida está necesitando. La vida, como espacio y camino compartido. Y eso refiere a las necesidades más allá de las tuyas propias como individuo. A no ser que hayas elegido emprender este camino absolutamente solo. Entonces, adelante. 

 

Aprender la magnitud del trozo que debes compartir es vital. Aunque nunca olvides que un cachito debe ser solo tuyo. Y que tener a alguien que no se lo coma, aunque se muera de ganas, es tener la certeza de que te quiere, tanto como te mereces. Porque se queda con hambre para que tú no la tengas. Porque se queda a veces triste para que tú estes alegre. Porque se desvive para que tú tengas una porción mayor de felicidad, aunque eso se traduzca como un mayor esfuerzo o dedicación en tareas y en rutinas compartidas. 

 

Si estás en ese punto de no compartir la pizza con la persona que vives. Compra dos delantales bonitos. Recupera las canciones que os unían y os hacían sentir. Prepara una noche tranquila. Sin ruidos. Quizás con ese capítulo que os hizo llorar o reír, y saca en la cocina solo cosas que os gusten a los dos. Y no tengas miedo de hablar. De proponer. De buscar. De recomponer. Porque eso es lo bonito de la vida. Que nadie nos obliga a comer la misma pizza cada viernes. Que se puede hablar, que podemos pedir a otro sitio, que podemos hacerla. 

 

Nos funcionó el tarro de las recompensas. Es decir, cada vez que uno vive o da una porción de pizza fuera de casa o de forma personal, recompensa al resto. Como acto de agradecimiento, también de reconocimiento. Porque necesitamos escuchar un "gracias", necesitamos saber que hay valor en lo que se hace. Que para cumplir con nuestra necesidad, hay alguien ahí que suple nuestra ausencia. Así que busca ese plan, haz algo más divertido de la cuenta. Piensa. Propón algo chulo que haga que cuando no estés, sea como si estuvieras ahí. Porque lo importante es nunca faltar demasiado o lo suficiente para que ya no hagas falta. [...] 

 

Y sí, hay que pringarse las manos. Mancharse de harina. Encender el horno. Hay que probar cosas que no te gustan, hay que estar pendientes de la caducidad. Y hay que medir bien y elegir bien donde destinas cada ración. Porque la pizza, como la vida, no es ni tan grande ni tan larga. Y conocer la proporción es un acto inmenso de afecto sincero. De amor incondicional. A ti mismo. A la persona que has elegido para que camine al lado. Y a las personas a las que le has dado tú mismo la vida (si es que ya tienes hijos que dependan de tu vida para vivir la suya).

 

No sabes aún cuál es tu mejor elaboración. Creo que la mejor pizza de nuestra vida tendrá solo ese título cuando estemos apagando la luz de la cocina. La luz de nuestra vida. Solo entonces sabremos cuál fue la mejor decisión que tomamos, los ingredientes que mejor nos sentaron y la mejor digestión que hicimos. También, sabremos solo al final, si comer pizza juntos fue la mejor idea. Aunque esto es algo que con confianza, decisión diaria y trabajo podemos saber desde ya.

 

Espero que si estás en un momento de pizza cruda, pizza con poco sabor o pizza que no te sacia lo suficiente espero que encuentres la valentía de encontrar a alguien que comparta la suya. O que tengas la voluntad requerida para buscar por ti misma en tu supermercado de confianza los ingredientes que siempre te hicieron repetir. Y los nuevos que te hagan hornear con emoción.

 

Si miro atrás, recuerdo pizzas que ya he cocinado. Pizzas que me gustaron. Me gustó como las preparé y cómo las dividí. Y deseo no equivocarme de cómo lo hago ahora. 

 

Tengo un deseo. Que todos encontremos nuestra pizza favorita, la que mejor se adapte a nuestra etapa vital, y nuestra persona favorita, con la que compartir cada una de nuestras fases, cada una de nuestras versiones. Una pizza y una persona. Antes de que sea demasiado tarde.

Contacta con nosotros

Noticias

Capítulo 16. Tenemos suerte de ser Kids&Us Badajoz.

Tenemos suerte de ser Kids&Us Badajoz. Y tenemos que creérnoslo.

05/05/2026
Saber más

Capítulo 15. ¿A qué hora pueden llorar las madres?

¡Hoy es nuestro día! Y me encanta celebrarlo.

03/05/2026
Saber más

Capítulo 12. Ellos también necesitan su tazón de cereales

"... que, pese al cansancio y las renuncias, no cambiaría ninguna decisión que la ha llevado a ser la madre que es, acompañada muchas veces por una simple taza de leche fría y cereales como refugio emocional."

28/04/2026
Saber más