Lifetime 24. "Amiga: ¡disfrútalo!"
9 de agosto de 2026
En estos últimos días hemos vivido dos simulacros. Dos momentos en los que salía de casa pensando que volvería días después con el último miembro de la familia. Cerraba la puerta con pena. Con los ojos empañados y la mandíbula apretada. Miraba la parte que más me gusta de mi casa con añoranza, con respeto y los miraba a ellos mientras me despedía sin decirles mucho, porque no tenía la fuerza de hacerlo conscientemente. Salía, pulsaba el 0 en el ascensor y dejaba brotar las lágrimas.
Sin embargo, eran dos falsos avisos o dos principios pausados.
La primera noche, el jueves, me fui al hospital desde casa después de dejar a los peques organizados. Se quedaban cenando. Yo me duché, cogí lo más básico, llamé a un taxi y crucé la avenida iluminada de noche con muchísima angustia. Me reconocía completamente bloqueada y me pedía a mí misma una y otra vez dejar de sentirme así. No lo conseguí. Llegué a urgencias. Todo el protocolo que sigue a tu llegada a esa sección del hospital.
Había avisado a la persona que guía todos estos instantes previos al nacimiento y que me cuida todo el embarazo. Mi ginecóloga de máxima confianza. He hablado de ella por aquí, porque para mí es alguien muy especial. Una mujer auténtica, prudente, servicial, generosa. Es honesta. Te mira a los ojos y te dice la verdad. Y sin darte ningún consejo, te muestra el camino.
Hace un mes. Un paseo de un sábado por la mañana de una hora y pico que habría alargado mucho más. Ninguna cafetería abierta, y la suerte de tener una ciudad casi a solas para nosotras. Porque ella te habla, te cuenta sus dudas de madre experimentada, sus vivencias profesionales y tú lo único que haces es seguirle los pasos y grabarte cada una de sus palabras porque te enseña todo el rato, sin pretenderlo.
Es un faro en la noche oscura. Y ese jueves volvió a serlo. Allí llegó. Con su coleta alta, sus pendientes dorados y un vestido de verano. Se sentó en la cama, bien cerquita, me tocaba la pierna, la barriga y me miraba con mucha serenidad. Aunque se lo dije, ella ya lo sabía. Yo estaba completamente ida. Me encontraba fuera de mí. Estaba viviendo algo que sabía que iba a llegar, pero sin querer vivirlo. Sin querer que fuera así. Y ella llegó para curar la soledad, para recordarme que no estaba sola. Para pautarme la ruta.
Y junto a ella otra persona especial, carismática, que ya me acompañó en el parto de Julia. El padre de una familia que siempre ha sido entrañable y que desde aquella coincidencia del 1 de abril de 2025 es aún más. Todos ellos. Pero él protagonista de momentos únicos. Me recuerda que puedo llamarlo en cualquier momento. Me regala palabras de calma. Se alinea con Carmen para que la ansiedad rebaje. Profesional, atento, cuidador. Empático y generoso. Gracias Juanma, porque aquella noche volviste a cambiarle el guion. Ojalá vuelvas a estar en el viaje de Carlos…
No quisimos alarmar a familiares o amigos porque no sabíamos si aquello era el inicio o era solo la antesala de lo que tiene que ocurrir. Eu lo vivía todo en diferido desde casa y yo desde la cama monitorizada. Horas de contracciones. Mucho dolor y también muchísimo cansancio. Solo quería que llegara una pausa para dormir un poco. Rechacé la invitación de pernoctar en el hospital. Y es que cuando vas a conocer a tu bebé, pero ya tienes quien te espera en casa, la aventura es completamente diferente. Ese documento de alta que sabía a libertad, en el sentido pleno. Bajaron las pulsaciones, volví a respirar y salí a esperar un taxi ya de madrugada como la que vuelve a casa después de días de ausencia. Me monté. Bajé la ventanilla y el camino de vuelta por la misma avenida ahora me parecía precioso. Las farolas iluminaban mucho más fuerte. No había coches. Y el conductor me dio su teléfono para que pudiera llamarlo en cualquier momento.
Abrí la puerta. Subí en el ascensor. Pulsé el número 8 y sentía que volvía donde quería estar siempre. Ajena al dolor. Sin miedos. Con la seguridad absoluta de que dentro estaban todos los que necesitaba ver en aquel instante. Abrazo fuerte. Cena con la luz indirecta. Y mis pollitos todos dormidos. Los besé fuerte mientras lloraba. Y me repetía que para volver a amar así necesitaba transitar ese dolor físico al que llaman contracciones. Y repetir esa experiencia llamada parto que a mí me ha supuesto tanto física y emocionalmente en cada fecha.
Dormí. Tenía dolor, pero me quedé absolutamente dormida en la cama. Y me desperté pensando en lo agustito que estoy yo en esa cama que siempre digo que es demasiado pequeña para tantos.
Al día siguiente, narramos lo sucedido. Y obtuve muchos “te quiero” sin ser así escritos. “Tengo el móvil siempre operativo. Llámame sea cuando sea.” (minutos después, misma conversación aún sin mi respuesta) “he ido a llenar el depósito, ya tenía, ¡eh! Pero por si acaso”. Y me emocioné. Mucho. Aunque reconozco que ahora lloro muchas veces al día y que todo me parece precioso, nostálgico, emotivo, trascendental…
Repetimos visita al hospital el viernes por la mañana. Esta vez juntos. Y cuando salimos. Eu me miró y me dijo “María, creo que tener aquí a tu madre te haría vivir todo esto de otra manera, por los niños y por ti. Dile que se venga”. Me pareció un acto de generosidad enorme. Porque es tener a alguien en casa en los últimos días previos. En la intimidad necesaria para despedir una etapa de una familia a puntito de conocer la siguiente. Casi pasando ya la página y esperando a que Carlos escriba la primera página. Ahora sí. Ya todos juntos. Toda una vida para escribir, siendo protagonistas los seis.
Entradas para ir al cine. De esos planes que se hacen con niños de forma anticipada para tener todo controlado y regalarles también buenos momentos aun habiendo suprimido vacaciones y salidas el verano de dos mil veintiséis. La abuela vendría esa tarde de visita a vernos, ida y vuelta. Suficiente chute. Y también ahorro de energía para cuando le toque vivir las emociones y las situaciones de su hija en el hospital y sus nietos a su cargo y responsabilidad.
Hace unos años una mamá de mi Kids (de la que también he hablado ya por aquí) me dijo que en los momentos de parto y posparto son los únicos en los que una mujer puede ser egoísta en un matrimonio. Es ahí cuando debe elegir quién y cómo la cuidan. Y yo entendí después de la llegada de María, en aquella cesárea, que mi madre siempre sería mi madre. Mamá. Y, que yo, por muy madre que fuera, seguiría siendo hija toda la vida. Esto lo hablé con Eugenio. Siempre han sido decisiones consensuadas y basadas en el bienestar familiar y en la facilidad profesional. Porque no es lo mismo tener un bebé con bajas de ambos progenitores (en el caso de ser dos), que ser padres autónomos. La realidad es tan real que asusta. Y las diferencias son inmensas.
Y en esto aprendí mucho. En la calidad y en la cantidad de palabras y opiniones que yo he tenido que escuchar en cada una de mis vueltas a casa. Y si ir al hospital a por tu primer hijo ya es un viaje trepidante, prueba a irte dejando atrás a alguien tan pequeño que solo desee a cada instante estar contigo. El corazón, desde luego, lo dejas ahí, bien atrás. Y la maleta, esa que puede ser de las más especiales de tu vida, va llena de la talla 0 pero también de emociones talla XXL, como la culpa. La más grande que puedas experimentar en tu maternidad.
Y llegó. Llegó una tarde una frase que me dejó absolutamente sorprendida. Y que cambió mi manera de ver a alguien. Y que para mí significó el mayor giro en cuanto a límites de las personas que más cerca tenía. Cuando Gon iba a llegar a casa, María no tenía ni dieciocho meses. No iba a la escuela infantil. Y jamás se había separado de nosotros dos. Y yo temía repetir cesárea y estar fuera de casa más de cuarenta y ocho horas. Eu siempre respetó mis miedos, siempre los sostuvo y siempre entendió mis propuestas. De forma conjunta, que es como operan las familias, pensamos que la decisión más idónea era que la abuela viniera a casa días antes para que María viera normalidad en sus días a solas con ella. Que en los desvelos nocturnos, apareciera la abu. Y no ya nosotros. Confieso que esto fue el gran acierto de aquel parto. Para mí, cuando me fui. Y para nosotros, cuando volvimos a casa.
Una tarde, antes de nacer Gonzalo, escuché “pobrecito él con una suegra un mes en casa”. Aquella frase, aquella mirada, aquel gesto. Lo tengo grabadísimo. Porque no me dolía Eu. Me dolió que otra persona que ya es madre, y desde hace mucho, llamara suegra a la que es “la madre de la madre”. Esa persona a la que Lucía mi Pediatra en su libro “La vida va de esto” le dedica un capítulo completo. Un capítulo que emociona a quienes somos hijas y madres. Unas páginas que te conmueven, que te vacían los ojos porque lo lloras todo. Unas palabras llenas de verdad que te recuerdan lo querida que eres por tu madre. Porque incluso cuando creas y sostienes otro núcleo familiar, para tu madre siempre serás el vértice de la suya.
Y yo ya lo he escrito en otros capítulos, si tienes la inmensa fortuna de tener a tu madre en vida y seguir siendo hija físicamente, y tener buena relación con ella, no olvides, por favor, tenerla cerca cuando te conviertas tú en madre. La primera, la segunda, la tercera, la cuarta vez. En cada ocasión, que vuelva a ser tu casa. Convivir con ella. Ponerte en sus manos. Dejarla que te quiera tal y como es. Con sus defectos y sus virtudes. Con tus anhelos y tus sueños. Con vuestras verdades, con vuestros debates.
Porque ella es quien te cuida. Quien sufre cuando estás en el paritorio. La que comparte tu miedo. La que sabe lo que estás viviendo. Y a mí, la mía no me ha fallado jamás. Porque me ha desenredado el pelo, me ha secado las lágrimas, ha entrado en esa habitación del hospital con un amor que inundaba la planta. Se saltó las normas y me trajo una planta para que todo fuera más bonito. Me hacía cosquillas en los momentos más tristes de la cesárea y se asomó a aquella ventana de REA llorando por su hija. Y esa es mi madre. A la que habían llamado suegra. Y no, nos equivoquemos, este momento es nuestro. De las madres, más que de nadie. Y necesitamos solo a personas cerca que aboguen por cuidarnos, que signifiquen, que aporten, que respeten. Porque quien no te respeta, quien muestra envidia, no merece un asiento en la primera fila de la historia de tu vida.
Aquella tarde. Viernes. En Badajoz. Muchísimo calor. Y nosotros en la sala del cine. Todo según lo previsto. Julia dormida, siesta atrasada a propósito. La abu viajando a la ciudad con unos amigos, aprovechando el trayecto. Merienda de cita. Sorpresa para los niños. Necesidad para los adultos. Ella necesitaba verme después del primer susto. Y nosotros también queríamos orquestar el futuro incierto. Y vaya si lo fue. Que aquel viaje de ida y vuelta, acabó con el abuelo trayendo la maleta que ya la madre de la madre tenía lista en el pueblo.
Estando en el cine, vivíamos el segundo susto. Salimos de la peli, citamos a la abuela que nos esperaba cerca y repetimos la operación. Esta vez, con la tranquilidad de una madre que deja a sus hijos con su abuela. Y que sabe que el padre está detrás de la puerta en la sala de espera.
El viernes había aforo completo en paritorio. Muchas mamás consultando si ese era el día de volver a serlo, o de serlo por primera vez. Yo acabé en la cama de Paritorio 1. En aquella habitación vivimos el parto de Julia. Las horas previas de dilatación, de dolores, de epidural, de miedos, de dudas. Y me veía yo ahí mirando las estanterías, recordando como hace un año me leía las etiquetas de los productos para entretenerme. Como entraban por aquella puerta los profesionales que me ayudaron en todo momento a tener a Julia. Y volvía a bloquearme. Y, entonces, empecé a combatir mi ansiedad. Y a decirme muchas cosas. A recordarme.
Hice una llamada a una amiga. Me la devolvió al ratito. Los niños ya estaban controlados, no hacía falta más favor ni más extravío. Ella me escuchaba, llevaba días queriendo hablar conmigo y yo le decía que no podía. Que lloraba, que no estaba bien. Y la escuché y me desnudé. Le dije que tenía muchísimo miedo. Ella me escuchaba, como siempre, con muchísima atención. Se quedó callada. Y antes de colgar me dijo: “amiga, ¡disfrútalo!” “¿Qué lo disfrute amiga?, ¿cómo?” Ella me respondió cariñosa, calmada. Y yo le colgué. Y, tumbada, con los monitores miré al techo del dormitorio. Y le escribí a Eu, que estaba tabiques detrás. “Vamos a intentar que todo sea lo más bonito posible porque esta es nuestra última primera vez. Vamos a conocer a nuestro último hijo. Toda una vida siendo padres de cuatro, ¡qué viaje!”.
Pensé en mi amiga, que le encantaría repetir todo esto. Pensé en mí, que he soñado siempre con esto. Pensé en todas las mujeres que somos madres, que es absolutamente admirable todo lo que vivimos para llegar a serlo. Es que no puedo dejar de pensar en los dolores, en las dificultades, los imprevistos, las cesáreas de urgencias, los hijos que nos esperan en casa…
Pensé en cómo le agradezco que siempre quiera formar parte de mi vida, aun cuando yo me ausento. En todo lo bonito que me dedica siempre. En lo distintas que somos y en cómo nos guiamos cuando nos cegamos. En cómo hablamos de noche mientras se coge un cigarrillo en la terraza. Y en cómo y cuándo la conocí en dos mil veintitrés. A punto de convertirnos en las madres de Gon y Nico. Y como, sin darnos cuenta, nos unimos para siempre, sosteniéndonos las vidas y haciéndonoslas más bonitas o al menos más llevaderas. Sin tiempo, sin muchos reencuentros, pero con muchísimo amor del bueno, con una amistad libre de prejuicios, de dudas. Con el agradecimiento enorme de conocer a alguien que te ve. Que te ve como eres de verdad. Y te quiere así. Y te dice todo claro, y te cura. Y te escribe cien veces hasta que le respondes.
Ayer, ya en casa, le escribí. “¿Puedes por favor escribirme cosas bonitas para cuando llegue el momento del parto? Las voy a necesitar”. Minutos después, cuarenta y tres mensajes en whatsapp. En su conversación. Y ahí está. Sin abrir. Porque sé que es magia lo que me tiene listo para el momento en el que vuelva a ese hospital donde conoceré a Carlos.
Que, por cierto, no fue ese viernes de noche. Ese viernes, ni en taxi, ni sola, volví a casa. Acompañada, andando. Cruzando esa avenida que me había visto llorar la noche anterior. Con una botellita de agua y una tableta de chocolate milka. Volvimos a casa hablando de todo lo que yo estaba sintiendo. “¿ves que tranquilidad te ha dado tener aquí a tu madre?”. Tienes razón Eu y yo hoy pretendía solo verla un ratito. “¿Les decimos que se queden el finde?”
Creo que Carlos nos ha regalado un tiempo extra para despedirnos los cinco de esta etapa. Para llenar un fin de semana de paz. Sin prisas. De desayunos fuera, de bicis, de pelis, de Gran Prix, de siestas de verano. Me ha ayudado a intentar recolocarme un poco. Me ha escuchado. Yo el jueves le pedía que no naciera aquella noche, que no me sentía preparada para darle la bienvenida que deseaba. No habría sido el recibimiento más alegre, habría sido todo motivado por el miedo, por el bloqueo. Y es que la mente es tan poderosa que a mí me asusta.
Hemos merendado mucha sandía y mucho melón. Hemos hecho ‘fondue’ de queso. He dejado listas cosillas que tenía pendiente. Y he dormido horas seguidas sin contracciones dos noches. ¡Un auténtico placer! Despierta solo en los momentos rutinarios de sus hermanos mayores. El bibi de Julia, el miedo de Gon y el apego de María. Me he quedado dormida con mi hija mayor y mi madre en la misma cama. He hablado con mi marido con mucha pausa, que no habíamos podido en los últimos días. Hemos estado en el parque blanco. Nos hemos hecho fotos. He guardado recuerdos maravillosos…de mis hijos con su abuela. La madre de su madre. Aunque ellos no entienden porque yo ya no vivo con mi madre, porque ellos me aseguran que van a vivir conmigo siempre.
Y en medio de todo esto. Tan ordinario. Tan de niños. Tan de padres con niños tan pequeñitos. Reencuentros que te indican el camino de vuelta. De lo importante. Esa madre que ahora no puede ir al parque. Ese padre que sufre por la madre de su hijo. Y todo eso tan malo que también llena las vidas, que no se elige, que repercute y que tiene un valor determinante en las historias de las familias.
He vivido un simulacro real de lo que será mi ausencia. Y he entendido que me voy con la mejor de las excusas. Y he comprendido que la maleta que lleva lista un mes, con la cremallera chillando, todavía tenía espacio para cargar con cosas que yo no quería…
Horas, días. Una cuenta atrás compleja. Y cuando empecé a escribir este capítulo pensé en llamarlo: “el preparto es primo del posparto”. He aprendido que no hay nada mejor en la vida que acertar en palabras, personas y momentos. Y estoy orgullosa de cada vez más saber distinguirlo todo, elegirlo y llevarme conmigo siempre lo mejor.
Este preparto pasa pronto a ser pasado. Y queda nombrado, con esas dos palabras que han sido el mayor acierto de esta última semana. “Amiga: ¡disfrútalo!”. Y ese disfrute al que me comprometo entregar será el fin de esta vorágine sentimental.
Carlos, no tardes en venir a casa. Se está haciendo un poquito largo. Y tu cuna lleva vacía demasiados días. Aunque estoy segura de que no será tu sitio favorito cuando llegues aquí. No me he ido y ya quiero volver. Que estemos los seis. “One of my favourite parts of motherhood is coming home.”
Estas últimas semanas di avisos. Pedí abrazos. Escribí mucho. Conté que estaba bajta de ánimos. Pedí más afecto. Más atención. Más conversaciones profundas. Más decisiones anticipadas. Y haber aprendido a hacer esto también cambia mi historia. Y me hace sentir orgullosa de la mujer y de la madre en la que me estoy convirtiendo.
Una foto en Instagram que llega justo a tiempo. Justa al alma.
“Otra montaña que me asusta.” “Otra aventura que contaré orgullosa”.
MJo.
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Lo que escribía mientras vivía el que era mi penúltimo posparto. Hace un año, y un poquito más.

