Capítulo 21. Sin título. Y sin nombre.

18 de julio de 2026

Llevo varias semanas sin escribir. Por falta de tiempo. Por falta de concentración. Y también por falta de confianza. Quizás porque tengo dudas de si desnudarme de esta manera por aquí merece tanto la pena. Mostrar la vulnerabilidad, las heridas. Contar lo que duele. Narrar lo que estamos viviendo. Lo que nos está rompiendo. Tengo dudas, pero también ganas. Y supongo que de eso va un poco todo esto. De hacer lo que tenemos dentro, con miedo. Dicen que mostrarnos tal cual somos es un arma para aquellos que no nos quieren tanto. O no tan bien. Y este ha sido un año en el que he aprendido mucho sobre eso. Sobre esas personas que llegan a nuestras vidas y que acaban saliendo cuando el interés disminuye. Eso también tiene que ver con el rol profesional que ejerzo. Y que es indivisible en todas sus vertientes. Pero no nos equivoquemos, que haya conflicto de interés no te hace peor persona. Aunque algunos así lo consideren. Y aunque muchos otros no terminen admitiendo que ellos en tu misma escena actuarían con el mismo criterio, razón y corazón. (aunque este último acabe herido de tanto, tanto, tanto.) (Este es otro capítulo que tengo en borrador y que aún no ha visto la luz. No cerraré este curso, en el plano emocional, hasta que pueda yo contar mis verdades, mis perspectivas, mis decepciones, mis cambios y todo lo que ha hecho que MJo sea como es ahora mismo.)

No escribimos a veces porque las ideas están dispersas y desordenadas y al final quien te lee busca una historia bonita, también veraz, pero sobre todo ordenada y fácil de seguir. El tiempo escasea y no podemos estar comprometiéndonos a leer algo que cuesta descifrar, que va por distintos senderos y que tienes que ir siguiendo con bastante foco. 

Pero también pienso que si este espacio es tan mío y tan personal merece exponerse en toda su esencia. Tal y como estamos ahora. Que es así: difícil de descifrar, diferente criterio y sin mucho foco. 

En una cuenta atrás de lo que para mí será siempre lo más importante que haga en mi paso por el mundo: que es ser la madre de mis hijos. A semanas o días de conocer a mi cuarto hijo. Que todavía no tiene nombre, por cierto. Y no, no es que no queramos compartirlo, es que no lo hemos decidido todavía. 

 

(Hasta en estas pequeñeces noto la desconfianza y el atisbo de duda. Soy real, no me importa en absoluto contar mi vida tal y como. Con sus luces y sus sombras. Y jamás idealizaré o mentiré, y menos por cosas que resultan tan banales. Como el nombre de mi hijo. Que nos tiene que gustar, muy mucho, a nosotros. Y a quienes más queremos. Aunque incluso en esto haya discrepancias. ¡Como debe ser! Porque hay tantos gustos como personas. Pero ese bebé va a llegar a mis brazos, a nuestra casa y a nuestra familia. Así que elegiremos nosotros, digo yo que pronto, el nombre del último integrante de esta banda. Compuesta por menores, que, por supuesto, pueden ganarnos cualquier batalla porque somos dos frente a cuatro.)

 

Resoplo. Son las cinco de la mañana y llevo despierta desde la una y cuarenta y siete. El mundo ahí fuera está tranquilo y habrán pasado un par de coches en todas estas horas. Mientras he estado trabajando, en cosas muy mecánicas, me cuesta mucho concentrarme. Mientras me he tomado mi leche fresquita con cereales. Porque eso sí, sigo necesitando, a veces, mi taza blanca. 

 

He llorado un buen rato y me faltaba un poco el aire. Y me preguntaba a mí misma el motivo. Mucha responsabilidad. Mucho miedo. Mucha ilusión. Mucha incertidumbre. Siento que tengo muchísimo dentro de mí y también aquí fuera. Que tengo una responsabilidad gigantesca queriendo, protegiendo y educando a niños tan pequeñitos. Cuyas vidas en mucha medida dependen de la mía. Su bienestar y su felicidad están estrechamente relacionadas con mi salud y mi grado de estar feliz. Y no es que estemos muy altos de estos valores en este punto del embarazo.

 

El cansancio físico. La presión emocional que yo misma me impongo. Quiero dejar buenos recuerdos este verano antes de que nazca mi bebé. Quiero que todo sea significativo. Las cenas en calma. Las duchas divertidas. Las rutinas más tranquilas. Un “slow life” de los que me llenan. Imposible en un verano donde dirigimos un campamento de niños, ¡nuestra Fun Week! y donde tengo un síndrome altísimo del nido y me paso el día sufriendo porque quiero que todo esté diferente de cómo es ahora mismo. Con un piso pequeño, almacenaje escaso y cinco vidas ya ocupando demasiado terreno. A ver esta ecuación como la resuelvo. Porque si mis hijos no estuvieran fritos desde su último despertar a las tres y veintiocho, yo seguramente estaría ordenando cajones y preparando el verano 2027 con las prendas de los tres que ya están aquí en casita. 

 

Tengo septiembre casi listo. Me faltan los zapatos y las zapatillas. Uniformes listos. Fotos de carnet hechas. Las mochilas nuevas con sus nombres bordados. Necesito que septiembre tenga mucha ilusión para ello, mucha novedad y que otras conversaciones y experiencias llenen sus próximas semanas. Las mochilas les han gustado. Esa sensación de “qué bien elegí aquella noche, qué bien que tengo una tarea menos y he acertado y les he regalado una buena dosis de entusiasmo”. El regalito del hermanito recién llegado a casa también está ya listo. Así podemos aprovecharlo mientras. (porque no dejo de pensar que ser seis va a ser un reto y de los de nota). 

 

Puede ser que el cerebro esté activo y recordando en bucle lo que no debe. Pero debo respetar sus emociones, su sistema de alerta y reeducarlo en la manera de lo posible. (En el tiempo nocturno, claro, porque otro no tengo).

 

Tengo dos mil ochocientos noventa y cuatro correos sin leer. Trescientos cincuenta y ocho mensajes de whatsapp sin abrir. Notificaciones en Instagram. Llamadas sin responder. Y esto quizás es lo que menos me gusta de mí. Porque me hace muy feliz sentirme parte de las vidas de los demás, sonrío cuando recibo un “¿cómo estás?” o un audio. Y después me siento incapaz de sentarme únicamente a responder. Porque no encuentro el mejor instante. Porque siento que nunca tengo el tiempo largo de responder lo que me gustaría o cómo. Y lo peor es que mientras desempeño otras tareas juego a imaginar lo que respondería. Todas esas cosas que a veces no decimos. Todo ese tiempo de silencio que ha escondido demasiada amistad, demasiado cariño. 

 

Hace años que no puedo ser la hermana, la hija, la amiga o la prima que otros necesitarían que yo fuera. Y son pocos los que se han quedado mandándome ese quinto mensaje sin esperar respuesta. Las que me llaman en modo urgente. Las que me esperan. Las que escuchan mis podcasts que grabo de madrugada o en cualquier momento que tengo a solas. Y si este texto es caótico, imaginaros vosotros un audio mío en plena efervescencia. Cuajada de hormonas. Llena de miedos incurables. Y aún así. Los escuchan. Algunos se lo saltan, y menos mal. Porque el contenido tampoco es muy trascendental. Son líneas de expresión desordenadas que les dejan entrever un poco la locura que tengo encima y lo poco verdad que es eso de “llegas a todo”. 

 

Ni llego, ni lo pretendo. Ni me lo impongo. Vivo con el pelo sucio o limpio y enredado, que casi es peor. Duermo poquísimo porque soy absolutamente adicta a mi trabajo y estoy muy obsesionada con estar muy presente el tiempo que tengo con mis hijos. No hay pantallas si estoy con ellos. Voy al baño acompañada, me hacen también compañía mientras me visto y me ducho y en casa estamos siempre todos juntos. Así que estas horas de día, las más sanas para responder, pues no las tengo. Y la verdad es que ahora mismo en eso no me siento culpable. 

 

Luego está mi madre. Que llama mil veces al día, aunque no tenga respuesta. Y que celebra cada conversación como si se tratara de algo realmente especial. Y me sigue sorprendiendo que lo viva con tanta ansia, con tanto amor incondicional. Que no se canse. Que no se aleje. Que se sepa nuestras rutinas, nuestros tiempos. Que no pase un solo día sin desearnos. Y que viva casi con más emoción que nosotros la llegada de otro bebé porque eso le da permiso ilimitado de convivir con sus nietos y con su hija. Porque ahí sí. Una madre cuida de su hija tenga los nietos que tenga. Y te mira. Y te desenreda el pelo, el alma y los recuerdos. Y te dice sin palabras que ella también tuvo su propia historia, su propio posparto y que dejará de doler. 

 

Hay personas que entienden tu ausencia. Que te imaginan dando cenas, contando cuentos, vistiendo niños, salvando rabietas. Y te mandan audios sabiendo que vas a tardar un mínino de cuarenta y ocho horas (sin posibilidad de pago por escucha exprés o preferente). Y aún así les merece la pena escucharte de vuelta. Confían en tu criterio, en tu opinión. Y esto quizás es lo que más valoro de ese pequeño círculo, que me da valía, que me reconoce, que me valida y que escuchan con atención mis anotaciones a sus vidas, aunque la mía sea un desastre. Porque creen en lo que les digo y hasta llegan a pensar que son buenos consejos para aplicar en sus ordenadas vidas. Es increíble. 

 

El otro día, justo después de dormir a los niños, fui al baño a oscuras. Y me metí en Instagram. No respondo casi nada, pero lo leo todo. Y me encanta. Y estaba una conversación que siempre está activa. Con Lydia. Y me compartía una imagen con un texto precioso, que yo sentí no merecer. Y le decía “Ly, esto que me mandas ¿me lo dedicas?”. Y ella superó esa imagen porque me respondió unas frases a las que hice captura. Porque es eso que debemos leer cuando menos nos creemos. Cuando más triste estamos. No le contesté tampoco a ella. Pero me guardé en lo más hondo esa dedicatoria. Porque quizás sea verdad que hay personas que consiguen ver un poquito de luz en nosotros, aunque nos sintamos un poco fundidas.

 

Sigo resoplando y me cuesta respirar, pero mi bebé se mueve con frecuencia en su primer hogar. Que es mi barriga enorme. La última que experimentaré. Después, seguiré pidiendo permisos para palparlas y seguiré, de vez en cuando, llorando cuando las vea pasar cerca. Porque sabré que en esta vida me queda mucho por vivir, pero hay sensaciones a las que jamás volveré. Al menos no en directo. Iré a esa cajita de recuerdos y pensaré mucho y fuerte la maravilla y la suerte tan inmensas que yo he tenido. Porque siento que he ganado por el mero hecho de haber podido ser su madre. De haber sido mamá de cuatro como siempre jugaba de pequeña. Tenían otros nombres, pero estaban ahí. Y ahora están aquí.

 

Estaría genial que habláramos directamente siempre con la persona a la que queremos preguntarle o de la que queremos saber. Estaría bien, también, que cuando nos contaran una historia, nos leyéramos las dos versiones. Quizás porque encontraríamos detalles que aclararían un pelín. Estos meses he sentido que mucha gente no nos conoce. Que tienen ideas equivocadas, incluso inventadas o proyectadas sobre nosotros. Porque hay quien habla de mí, bien y mal, hay quien trasmite una imagen de mí. Y aprender sobre esto también ha supuesto algún roto. Porque no me gusta. Porque no me hace sentir bien. Porque nos creemos con el poder de crear un recuerdo sobre alguien en una persona que ni siquiera conoce directamente.

 

Hace unos días tuve una llamada. La verdad es que ha sido de las más desagradables que yo recuerdo, también la más surrealista. Y tengo que decir que la que más fácil me ha costado quitarme de la mochila de daños. Una mamá a través del teléfono me dijo que no seguían en la escuela porque la niña estaba muy feliz y le encantaba Sam, pero que ella y otras mamás sabían que yo respondía a los whatsapps y a las llamadas y peticiones dependiendo del nivel económico de las familias que forman mi Kids&Us. Y sí, esto es real. Y es un ejemplo de las acusaciones y opiniones que yo escucho, no solo sobre el método (en el que creo al cien por cien), no sobre las instalaciones. Las escucho sobre mí, sobre mi marido, sobre mi equipo. De personas que agreden verbalmente a mi persona, mi integridad y mi forma de ser. Una persona que es capaz de pensar algo así, de, además, decírtelo y de esas maneras, para mí tiene un problema. Porque aquí claramente yo no soy, nadie de mis familias K&U que me conoce podría pensar que eso puede ser cierto. Ahora me río, pero en aquel momento pensé que estaba soñando. 

 

Pensé también en entrar a la gresca (y más ahora que estoy más guerrillera de la cuenta, porque soy demasiado transparente y respondo siempre con educación, con conocimiento, pero soy muy clara en ciertas comunicaciones). Rápidamente supe que esa no era mi batalla. Entonces, respiré y antes de colgar le dije “qué pena que después de este tiempo en K&U no hayas conocido a mi equipo, ni a sus valores, ni a mí. Si te vas pensando eso, ni conoces a MJo ni has vivido K&U Badajoz. Muchísima suerte, y deja por favor que la niña aprenda inglés, aunque sea en otro sitio porque le encanta. Feliz verano”. Y así colgué. Y los que estaban allí conmigo me miraron atónitos. Solamente he colgado el teléfono dos veces en mi vida Kids&Us. Todas las demás las he defendido, escuchado, tenido en cuenta. Esta era la segunda. Y me sentí orgullosa, liberada. Un poquito ofendida, también. Después se me pasó. 

 

Pero este tipo de cosas son las que pueden determinarte el día si les das el lugar que no tienen. Porque no podían hacer que mi día de Fun Week, de rendimiento, de anticipación acabara ahí. Este tipo de escenarios me ha enseñado a mejorar aún más el resto. Yo no sé en qué trabajan las familias del Kids. Porque cuando las mamás y los papás o los abuelos vienen a informarse solo hablan de su papel más importante. El que más les gusta. Son el papá de Pedro y la mamá de Martina. Son los abuelos de Loreto. Y ahí, y entonces, solo hablamos de las inquietudes del papá de Pedro, de cómo es Pedro y de la comida que más le gusta a Loreto que le prepare su abuela Pilar. Porque lo cierto es que, aunque no lo parezca, los adultos de lo que más presumimos es de ser padres de quienes somos. Y a mí no se me ocurriría jamás preguntar la profesión. No está en la hoja de inscripción de mi Kids. No pregunto la renta. Las familias apuestan por una escuela nada convencional, seguramente la menos económica de la ciudad, pero con muchísima certeza la que más respeta el grado de dedicación y de forma de operar de cada una de mis familias. 

 

Eu y yo estamos muy expuestos. Muchísimo. A opiniones, a versiones. A también diferentes roles, porque somos jefes, somos directores. Y aquí me salvó mucho una entrevistas de Lucía Galán (Lucía mi Pediatra) en la que hablaba con pelos y señales y sin pelos y detalles de lo que supuso para ella, a todos los efectos, abrir su propia consulta de Pediatría y dejar el sistema. Hablaba de la desconfianza que generó en sus pacientes. De como la acusaban de querer monetizarlo todo. De cómo pareciera que solo le importaba eso. Ganar mucho. Porque las personas tienden a ver solo un lado. Y ella cuenta, a la perfección, como el sistema la hizo tan feliz. Y como, por supuesto, quería ganar dinero porque quería vivir de su trabajo. Lo que es absolutamente lícito. (Cosa que tampoco entiendo que se critique y de la manera en la que se habla de ello.) Gana mucho porque trabaja mucho (cosa que también es invisible para el resto). Lucía habla con muchísima cautela y asertividad del cambio y del rumbo tan incierto, pero convencido, que tomó en su momento. Y es que trabajar en el sector privado es igual de digno, de profesional y de vocacional que hacerlo en otro cualquiera. 

 

Eugenio y yo abrimos Kids&Us Badajoz por muchísimos motivos. El primero de ello porque queríamos trabajar juntos. Y hacerlo en algo que nos apasionara a los dos. Y no pudimos acertar más, ni mejor. Porque cada uno lo vivimos desde un destino diferente, y conseguimos aunar lo que mejor se nos da hacer, con lo que más podemos trasformar. Y es que ser una escuela de inglés en educación no formal no te resta valor, ni profesionalidad. Es vocación. Los niños son una vocación. Y en mi caso el inglés también. Desde que tengo mis primeros recuerdos. Y tuve la suertísima de que el último año en Kids&Us Sevilla lo compaginé con una tutoría en la ESO en un colegio concertado (que también tiene sede aquí) y me despejó cualquier duda que hubiera podido tener hasta aquel instante. No quería protocolos. Quería ser libre. Libre de poder hablar con las familias. De conocer a los alumnos a los que enseñaba. Quería poder ser flexible. Crear relaciones y conexiones reales y trascendentales. Y eso en aquel lugar era impensable. Y nacer de corazón puede ser un problema, pero para mí es un auténtico regalo. Porque siento que tengo la capacidad de conocer muchas vidas. De crear una red increíble de experiencias. De acompañar. De ver crecer a las familias. De evolucionar. De sufrir cambios importantes. De estar en enfermedades. De vivir mi vida de otra forma gracias al aprendizaje diario, real, en directo que solo una vida en familia puede ofrecerte. Siendo familia cualquier tipo de familia. Entendiéndose un adulto solo, dos adultos. Porque donde hay un niño con alguien que le quiere eso ya es el núcleo familiar más deseado del mundo. Y soy afortunada de ver esas comunidades tan cerquita de mí. (De todo esto ya escribí en otro capítulo, pero es que lo que está dentro late con fuerza y sale muchas, muchas veces a la luz).

 

“lo que Juan dice Pedro dice más de Juan que de Pedro”. Brillante. Aplastante. Siempre que alguien me habla de otra persona tengo esta frase en mente. 

Siempre que estoy con gente y hablan de otras vidas digo “¿os parece que hablemos mejor de la nuestra?”. Estamos llenos de miedos, de sueños. De hijos (algunos). ¿Por qué hablamos de otras vidas que ni siquiera sabemos? Porque nos lo estamos inventando. Porque lo estamos interpretando. Porque no vemos las vidas de los demás como son, las vemos cómo somos. Y lo peor que las narramos como si de verdad fueran así. Y es muy injusto. No sé porque nos creemos con tanto poder. Me preocupa. Me preocupa que seamos capaces de trasmitir, de contagiar, de engatusar. De crear ideas ficticias en realidades.

 

Y aquí sigo, a las seis de la mañana, pensando en lo duro de mi sábado. Queriendo ser madre presente, respetuosa, divertida. Después de una noche intensa. Intensa de emociones. De tareas. Esa madre que no grita, a la que siempre sus hijos le dicen “mamá, en casa no se grita, lo dices tú”. “tienes razón, mi amor, me he confundido, ¿me perdonas?”. Y seguramente tendré el “sí”. Porque ellos no lo perdonan todo. 

 

Ellos nos quieren así. Y nos agradecen que haya mensajes y correos sin responder porque estamos mirando sus disfraces inventados o viendo con ellos la peli mientras la comentamos.

 

Pero eso pienso cambiarlo. Quiero ser una mejor versión de mí. Más eficaz. Más presente en otras vidas. Y a mis amigos, a mi familia (que me lo perdona todo), responderles con más prisa. Actualizando el teléfono. Porque a ellos, que sí se de lo que trabajan, tampoco les contesto. Así que prometo que no guardo ningún contacto acompañado de €. Ojalá me creáis.

 

Seguiremos informando de las peripecias de mis dos vidas favoritas: la de mamá y la de MJo.

 

¡Hasta pronto!

 

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