Capítulo 19. La vida es un ratito en el parque

2 de junio de 2026

Siempre he observado mucho las diferentes generaciones que ocupan el parque. 

 

Los papás primerizos con sus bebés y sus primeros pasos. Primeras veces. Los abuelitos que llevan a sus nietos, mientras los observan con ojos enormes de admiración, orgullo y amor infinito. Las personas mayores que, en sillas de ruedas o andando con ayuda, se sientan en los bancos cerca de alguien que los cuida y transporta. Y sonríen ante las ocurrencias y vivencias de los niños pequeños, esos a los que no conocen, y que, sin darse cuenta, crean los momentos más divertidos y entrañables de esta última etapa de sus vidas. Los adolescentes que encuentran en estos puntos ratitos de intimidad con amigos o en pareja. Y así, cada parque, cada día tiene su propia historia. Algo que todos podríamos contar. Y confesar.

 

Desde hace poco menos de cuatro añitos, para nosotros el parque es testigo del crecimiento de nuestros hijos. De su diversión ilimitada y de sus ganas infinitas por estar allí. Tengo recuerdos fijados de las mañanas con los niños. Parques vacíos, llenos de las risas de los míos. Tardes de tranquilidad. Conversaciones en banquitos cercanos tan nuestras. Meriendas y desayunos. Aprendizaje. Movimientos nuevos. Superación. Confidencia. Complicidad. Nosotros siendo niños. Subiéndonos en los toboganes con ellos, peleándonos por los columpios. Y yo, como siempre, haciendo videos y fotos de esos instantes. 

 

El domingo por la tarde estábamos ahí. En ese parque. Donde fingimos que eso es una barca y llegan los piratas y los niños gritan con fervor, sin miedo a nuestras riñas por molestar a alguien; y los veía riéndose a carcajadas. Un padre completamente entregado a ese momento. No sacamos los móviles cuando estamos fuera con ellos. Es más, a veces, no los llevamos. (Como si quisiéramos enseñarles que se puede vivir sin ellos, que no son necesarios; que lo verdaderamente importante somos nosotros protagonizando ese espacio de tiempo). Y estaba Eu metido en su papel de pirata, dando sustos, moviendo la barca siguiendo el ritmo de la tempestad del mar. Y yo me acerqué al carrito, cogí el móvil e hice un par de vídeos en “cinematic”, mi opción favorita.

 

Me daban una tregua. Estaban entretenidos y el sonido de ese instante era perfecto. Los tres riéndose tan alto. Todo parecía puesto ahí de forma elegida.  Los ojos de un padre brillando y una risa sincera. Ellos agarrados y llamándose entre ellos, cómplices absolutos de un juego que sé que recordarán cuando crezcan. Me llaman para pedirme auxilio, y, yo, los estoy viviendo detrás del objetivo de la cámara del móvil. Observando con cautela su mirada inocente, feliz, agradecida. Les hice fotos en “portrait” y los grabé naturales. Sin poses. Sin exigencias. Sin romper con la magia de ese momento lúdico que ellos se tomaban tan, tan en serio.

 

Acabamos en el parque por inercia. Y tuvimos nuestros ratitos de mayores, de hablar. Con las conversaciones entrecortadas, las miradas compartidas ante sus trastadas e ideas. ¿Qué sería de las familias si los padres no tuviéramos ni un pedacito de historia? Ellos sabían que ese momento suponía casi el final del fin de semana. Lo próximo era la ducha, seguida de la cena y fulminado con un cuento.

 

Yo no me sentía nada alegre, aunque luchaba por estarlo. De verdad. Sin embargo, eso no me impedía sentirme agradecida por todo lo que soy. Por todo lo que tengo. Por todo lo que son. Y por todo lo que tenemos. Llevaba días apagada, con batallas imposibles contra mi mente (y/o mis hormonas). Y ese trocito de vida me devolvió a la verdadera suerte que tenemos. Aparqué la queja. El dolor de piernas. La carencia de respiración. Lo dejé todo y me centré en guardarme esa jornada de parque. Viéndolos a los tres al unísono, quizás como nunca. Porque Julia se ha hecho en un ritmo veloz al ritmo de sus hermanos. Y eso no deja de sorprenderme.

 

Estaba siendo un fin de semana intenso, y fue el bajón de todo lo que habíamos sostenido esta semana lo que, quizás, catapultó al agotamiento de nosotros, como padres. Los adultos que teníamos que conducir estos días, solo teníamos ganas de aparcarnos. Queríamos no vivir los madrugones, las malas noches, las peleas continuas. La casa siempre a pie de guerra: juguetes por todas partes, comidas y cenas que generan migas y manchas por todos sitios. Y creo que fue el único momento en el que conseguí respirar en paz, centrarme en lo que de verdad estaba viviendo y ser no la espectadora, sino ejercer como responsable de esos recuerdos.

 

Observo muchísimo. En la puerta de Kids. Las recogidas. Las entradas. En la puerta del cole. Y en el parque, quizás, donde más. Como nuestros hijos reclaman nuestra atención. Y como se la devolvemos. Como les proporcionamos la ayuda requerida, y como les dejamos crecer (aunque nos dé miedo el siguiente peldaño). Yo reconozco que he ido bajando el nivel de alerta. Porque todo eran sobresaltos. Y voy viendo como los padres vamos dejándolos volar, cada vez un poquito más. Y les damos ya solo una mano, y no las dos. Y les hacemos fotos ante cualquier genialidad. Y llevamos de todo. Sus máximos proveedores, aunque nosotros tengamos las arcas vacías. 

 

Cuando estamos tan llenos de tareas y de trabajo, echo mucho en falta poder estar presente en la tarde de mis hijos. Y no necesariamente la salida al parque. Porque yo solo quiero estar con ellos. Me da igual que sea en la terraza de casa, merendando fuera o en Kids, entreteniéndolos a cualquier precio (a cualquier desorden). Y entonces no le doy tanta importancia a la excursión al parque como tal. Porque tanto ellos como nosotros solo queremos estar juntos.

 

 Cuando tenemos tiempo de calidad juntos. Sin prisas. Con los despertares tan tempranos. Disfrutamos mucho de visitar los distintos parques. No tenemos uno fijo. Somos nómadas. Y los niños van eligiendo, y nosotros también. Y eso nos encanta. Y cuando viajamos fuera siempre tenemos parques localizados. Grandes y pequeños. Y dedicamos parte de los viajes a ser felices en los parques. A estar super presentes en esos momentos. A verlos corretear. A estar bajo el sol que inicia el día. 

 

He descubierto que ir al parque es un lujo. Porque lo haces cuando de verdad tienes tiempo. Cuando tienes salud. Cuando todo está en su lugar. Pienso mucho en familias de mi Kids que ahora mismo no pueden ir al parque con sus hijos. Que seguro que esos niños pueden montarse en un tobogán con otro ser querido, pero que esos padres, ahora, no pueden empujar un columpio. O ni siquiera están en casa, por lo que no pueden recorrer el camino, aunque lo conocen de memoria. Porque están con tratamiento, o durmiendo en el hospital hace semanas, o cuidando de algún familiar. 

 

Los padres también tenemos más obligaciones que las de ser padres. Y también somos personas, librando nuestras propias batallas. Haber conocido la enfermedad en tantas vidas distintas, tan cercanas para mí, ha cambiado rigurosamente mi forma de ver la vida. Porque, aunque vivo como directora de Kids&Us Badajoz, yo me siento parte de las familias K&U y, sobre todo, de la infancia y de la adolescencia de mis alumnos. Y cuando hay un diagnóstico en casa o una pérdida, las rutinas y todo lo que conocíamos hasta el momento se paran en seco. Cambian de un plumazo y ya el parque no aparece en el calendario de la familia. 

 

Porque las preocupaciones se adueñan de nuestros días. El miedo también. Y sobrevivimos a un capítulo que está marcado por todo menos la normalidad. Y es que ir al parque con nuestros hijos debería ser una norma. Porque es su paraíso. Es su lugar de encuentro. Su espacio seguro. Donde evolucionan, donde se encuentran. Donde pueden ser niños, de verdad. 

 

Desde hace unas semanas cada vez que hago algo rutinario con mis hijos lo pongo en valor, más que nunca. Porque hay personas a las que quiero mucho que no pueden dar ese baño, no pueden calmar de noche y no pueden recoger del cole. Porque no están en casa. Están hospitalizados. O están viviendo su propio duelo. Tiempo.

 

Comencé a escribir este capítulo ayer, y me quedé dormida. Y hoy precisamente he tenido un encuentro fortuito de estos que se te quedan todo el día en la mente y en el alma. En lo más profundo. K&U se llena cada año de noticias buenas. Nacen hermanitos, superan etapas. Vemos fotos de casas nuevas, cambios de coche. Viajes. Decisiones familiares. Pero también se inundan los cursos de capítulos amargos. De historias que me parten el corazón añicos. De esas que me llevo a casa, que están conmigo cuando me duermo y cuando me despierto. Porque están protagonizadas por personas a las que les pongo rostro, voz, trayectoria, y, sobre todo, hijos. Niños que dejan de serlo o que no pueden serlo del todo porque hay ausencias que marcarán sus vidas y capítulos que los harán ser, para siempre, de otro modo.

 

Hoy estaba en K&U y no estaba teniendo una mañana especialmente productiva. De hecho, lo estaba siendo muy poco y eso me estaba generando más agobio. Y, de repente, ha pasado por allí una pareja a la que siempre he mirado con ternura. Hoy con muchísima más. Comienzan un nuevo capítulo después de un accidente de coche que les ha cambiado de ruta. Sin esperarlo. Con meses por delante de recuperación. Pero con una sonrisa llena de verdad. De agradecimiento. De garra. De superación.

 

Paseaba ella en su silla de ruedas empujada por su compañero de vida. (¡Qué importante es elegir bien! Ojalá podamos enseñarles a nuestros hijos la trascendencia y la envergadura de elegir de forma correcta a la persona que estará con nosotros en las buenas y en las malas. En las bodas de los amigos, en las noches de peli y manta, en el paritorio o en la consulta del médico escuchando un diagnóstico). No deja de sorprenderme como en estos casos suelen ser las víctimas o los enfermos los que nos dan ánimo y lecciones de vida a los demás. A los ilesos. Como defienden su vida a muerte y como la llevan por bandera con dignidad, agradecimiento, orgullo y pasión. Y ganas.

 

Yo me quejaba de mirarme y no verme. De todos los kilos que me estorban. De mis dolores de piernas y mis contratiempos de salud. Y verlos ha sido un choque de realidad. De colocar en su sitio a las hormonas y a las tonterías que malgastan la energía. 

 

Verlos y hablar con ellos ha sido un chute. De consciencia. De relevancia. De saber. Estaban celebrando que esta semana han retomado ciertas acciones rutinarias: como recoger a los niños del cole o ir al parque todos juntos. Y ahí, en esa mención de parque, se me ha encogido un poquito el pecho. El parque. Y ese título que había teclado horas antes “la vida es un ratito en el parque”. 

“MJo, ahora sabemos que ir al parque con nuestros hijos en familia es el viaje a la Riviera Maya”. ¡Guau! ¡Qué frase! ¡Cuánto sentimiento ahí recogido! ¿A qué aspiramos exactamente? Si esta cotidianidad es el sueño infinito de alguien. Ahí, en un trocito de mundo, como yo digo, con columpios, sube-y-baja y toboganes puedes concentrar en un instante lo que más quieres y, además, hacerlo con sonrisas compartidas y múltiples.

 

Les he preguntado varias veces mirándoles a los ojos si estaban bien. Y todas las veces me han respondido que sí. Y con una veracidad aplastante. Convencidos de la suerte de tenerse todavía. De no haberse perdido. De que el azar en ese accidente no les haya hecho separar sus caminos todavía. Cuidar de un enfermo… no es tarea fácil. Es físico. Es mental. Es psicológico. Hay que estar bien fuertes para sobrellevar un golpe de este tipo. Hay que amar mucho y muy fuerte a tus hijos y a tu mujer para responder con esta calidad a un momento tan traumático y tan jodido. Porque es jodido con todas las letras.

 

Y estaban ellos ahí con su sonrisa. Sus planes a corto plazo. Su cocina nueva ya pagada. Con tiempo de sobra para llegar al cole. Contándonos anécdotas de estos últimos tres meses. Todo lo que han dejado de hacer. Todo lo que han aprendido. Como les han transformado a sus hijos esas preguntas recurrentes “¿por qué le ha tenido que pasar esto a mi madre?”. 

 

“¿Y cómo vas a vivir estos meses? ¿vas a estar bien el tiempo mientras te recuperas?”. “A mí ya me han dicho que esto va para largo y que son meses para que vuelva a andar y a estar bien, pero, ¿qué son unos meses en toda una vida?”. Silencio sepulcral. Mirada de admiración absoluta. Incapaz de responderle. Solo mi egoísmo de no sentirme guapa, bien, realizada se veía herido. ¿Qué son meses en toda una vida? ¡Qué frase! ¡Qué palabras tan cargada! ¡Qué mensaje! Vaya si me ha calado. Me la quedo para mí. Perdóname, Mercedes. Pero te la he robado ya cuando la estaba escuchando. 

 

Mismo parecer compartido. La renuncia al deporte, a las salidas, a los planes. Y absoluta indiferencia hacia todo eso que ya no está en el calendario semanal. Porque no les importa, porque solo les importa estar aquí hoy. Mañana. Y al otro. Y estar así. Mínimo como hasta ahora. No sabía a quién mirar, iba intercambiando las miradas para demostrarles mi cariño y mi arropo. Y dejarles claro que siento admiración y respeto por ambos dos. Que es ejemplar. Que es un amor de verdad. Que es un apoyo incondicional.

 

Y él me decía todo este tiempo solo tenía pena de no poder vivir lo rutinario con mis hijos. Estaba deseando volver al parque, a quejarme. A sudar en el parque, incluso en la sombra. Porque han tenido unos meses imposibles de infancia. Imposibilitados en el ejercicio en sí mismo de papá y mamá.

 

Mi querida Carmen, que vas a ir al parque durante años sola con tus dos niños. Pero no dejes de hacerlo. Porque ellos necesitan ese trocito de su vida, y tú, aunque no lo creas, también. Y porque Jesús quiere veros ahí. Quiere escuchar las risas. Quiere ver sus capacidades crecer. Y quiere ver la madre tan valiente que acabas siendo.

 

Mi querido Víctor y mi querida Ana, deseosos de vida familiar numerosa. Hambrientos de tiempos de calma y de buenas noticias. Con ilusión renovada. Con la fuerza que nunca os ha faltado. Y con el enfado disipado, volveréis al parque. Con los tres. Conscientes los cinco del balanceo propio del columpio, del calor de verano tatuado en el tobogán y del ruido innato a la infancia que ahora no estáis pudiendo disfrutar como os merecéis.

 

Mi querida y admirada María José, y su compañero Enrique, que me enseñaste que la enfermedad viene a jugar sus cartas, pero que tú no ibas a ser menos. Que te habían dicho que el cincuenta por ciento de todo esto era tu actitud y que tú ahí no ibas a fallar. Y ahí estás. Cada día dando tu cincuenta, esperando que la ciencia te devuelva su parte. Que cumpla su promesa. Y aquí estamos pensando en ti cada noche y en todo el parque que le queda a Rodrigo por vivir bajo tu mirada maternal infinita que tienes desde que te conozco.

 

La buena de Laura. La mamá de mi Paula T. Que has vivido la enfermedad con discreción, con tenacidad. Con prudencia. Que la ves pasar mientras la infancia de Paula sigue veloz, mientras aún se viste de niña en su primera comunión. Esa que nunca imaginaste vivir así. Pero es que la vida jamás es como proyectamos. Volverás al parque y al ruedo con la alegría de siempre. Con tu melena creciendo, bien guapa, bien fuerte. Con todos los que te pensamos a diario y te queremos ver, llorando o sonriendo. Pero queremos verte.

 

A Isabel, que todavía tiene años y parque con Sofía. Aunque papá lo viva desde un poquito más lejos. Con la seguridad de que mantienes la fortaleza justa y medida para salvar una infancia que casi no ha empezado. Porque es bebé todavía. Con los recuerdos congelados. Como aquel teatro en K&U donde todavía pudo y quiso venir a vivirlo. Con la única intención de acompañar a su hija pequeña hasta el final de sus días. Con su forma tan disimulada de estar ahí, comprando a Linda, como si en cierto sentido quisiera regalarle a su hija un apoyo emocional para el futuro tan triste que estaba tan cerquita de nosotros. Por todo ese parque. Por toda esa fuerza que sacarás para empujar cada día el columpio. Su vida pequeña que tiene el refugio más grande en la tuya. 

 

A Rosa. Y a Alberto. Que con gafas nuevas. Casa nueva. Y todo lo bueno os alcance. Que estáis protagonizando un capítulo de calma. Dejando atrás tantísimo dolor. Que sigáis viviendo el parque. Disfrutando de cada día, celebrando que estamos aquí. Limpios. Confiando. Haciendo de Ángela y de Bruno unos niños reales que valoran haber tenido la enfermedad de su madre tan cerca y tan dura. Rosa, no dejes que el miedo te impida vivir. Alberto, sigue siendo eslabón y pilar. Un poco más. Os toca disfrutar, no dejéis que se pase la oportunidad sin vivir lo bueno a pleno pulmón.

 

Mi Julia. No voy a olvidar jamás el día que te vi con tu pañuelo. Con tu mirada llena de miedo. Tu forma de atravesar todo el tratamiento. La manera en la que empatizamos desde que nos conocimos por las coincidencias de la vida y la mala suerte que ya habías experimentado. Tu ratito sin parque te ha hecho aún más fuerte, aunque yo siempre te decía “que nunca he entendido porque hay que aprender con tanto sufrimiento, que no hace falta tanta crueldad para seguir creciendo. No era necesario ¿verdad?”. No te olvides de la música. De las canciones que nos hemos confiado. Y ponlas al máximo volumen cuando sientas que te falta parque. Todo este camino ha hecho de Pablo un niño más noble, más empático, más sensible. Os tenéis incondicionalmente. Os queda mucho parque, aunque quizás no como el que recuerdas de sus primeros años de vida.

 

A Luisa. Que eres antes que nada la madre de Ainara. Y así te encanta ser. Que solo piensas en los daños que tu enfermedad pudo causar en tu hija y no en todo lo que atravesaste tú. Con tanto dolor. Con tanto miedo. Con tus ausencias. Ojalá siempre tengas la valentía de volver al parque, de quitarte la culpa. De seguir adelante. A sabiendas de que lo has hecho muy bien, de que estar débil era solo parte de ese capítulo y de que sepas que tienes toda la vida por delante para volver a ser fuerte y para disfrutar de tu hija y transformar tanto sufrimiento en recuerdos dulces. Dejando por fin el lado amargo de la vida.

 

Ojalá todos tengamos tiempo de parque. Tiempos de verdad. Tiempo de calidad. Y ojalá mucho del tiempo que nos queda dependa únicamente de nosotros. 

 

Por todas las familias que viven un capítulo sin visitas al parque, porque pronto podáis volver a ser como érais antes. Y porque todos tengamos presentes que lo único que importa es el instante que tenemos delante y las personas que elegimos para caminar al lado. Y que la vida es alegrarse no solo los viernes. Y que cada día debemos encontrar en familia esa isla llamada parque.

 

La vida es un ratito en el parque. Y así quiero vivirla. Y así elijo recordarla. Y así intento que ellos la fabriquen.

 

MJo.

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