Lifetime 22. Los padres de María, Gonzalo, Julia y uno más no quieren que crezcan más.

20 de julio de 2026

Muchos días, en pleno caos, Eu y yo nos miramos y uno de los dos siempre gana y dice “one is missing”. Y así acabamos riéndonos mientras estamos completamente caóticos, y dudamos de cómo vamos a seguir ejerciendo con cuatro a la vez.

 

Me he planteado mucho si dejar de escribir por el miedo a estar tan, tan descubierta. Y porque al final los daños duelen más cuando estás a flor de piel. Sin embargo, ayer una chica me habló por Instagram y me he envió un mensaje muy largo y muy bonito. Le pregunté quién era porque por su nombre y foto no la identificaba. Y me sorprendió. Su respuesta: “no nos conocemos, pero te vi por aquí hace un tiempo y te sigo y te leo desde entonces”. No me podría haber imaginado que este blog, estos textos desordenados, pudieran llegar a alguien a quien ni siquiera conozco. Y que hayan llegado, calando, a alguien así. Porque solo con haber aterrizado en una vida creo que merece la pena compartir todo lo que tecleo en mis ratitos solas. Normalmente a plena luz de la luna. 

Gracias a todos los que de alguna manera buscáis entreteneros, entenderos o entenderme incluso a mí pasando por aquí. Me gusta saber que hay mujeres y hombres por esta web y que encontráis en “Lifetime” un ratito amable en vuestros días, sean cuales sean.

 

Yo este fin de semana he sentido muchísimo amor. Y muchísima nostalgia. Siempre que ha nacido un bebé nuevo en casa, hemos vuelto del hospital con algún obsequio para quien ya nos esperaba. Porque lo cierto es que el viaje a dar la bienvenida a un bebé es diferente cuando ya dejas a alguien en casa que te espera. 

Para María, cumpliendo con mi forma de anticiparme, por las noches, le compramos un juguete monísimo de Zara Home de maquillaje y peluquería. Y Gonzalo y esa cajita llegaron a la vez a casa. 

 

Cuando era el turno de Julia, teníamos también de forma anticipada los regalos. A María una barbie enfermera con dos bebés mellizos y a Gonzalito un coche. Y esta vez estuve pensando mucho qué comprarles, quería que fuera algo muy significativo.

 

Eu y yo hemos tenido unas 38horas de “babymoon”. Eso que hacen las parejas de irse de viaje antes de que nazca un bebé. Nosotros nos escapamos una noche a un hotel burbuja, y lo que más hicimos fue dormir. Hablamos, y apenas cogimos el móvil. Y la verdad es que fui feliz. Más que por dónde estábamos, por cómo estábamos. Porque vi mucho de nuestra etapa de novios en esta escapada. Reírnos mucho, mirarnos a los ojos, entendernos. Sentir que de alguna manera esa decisión que tomamos, aunque ha evolucionado, sigue presente y latente en nosotros dos. Y esto ha ido cambiando muchísimo a lo largo de los años. Aunque también siento que, si no hubiéramos tenido rachas tan sumamente difíciles, nuestra relación no sería ahora tan fuerte. No seríamos tan equipo. 

 

Porque elegirse en lo fácil es así: fácil. Pero hemos elegido quedarnos cuando os prometo que lo más sencillo era haber cerrado la historia de amor. Y aunque hemos sufrido, hemos sabido volver a ser felices. Juntos. Que estar en pareja no es idílico, es un partido de fútbol que nunca acaba. Donde sí hay goles, pero no hay pausas de hidratación, ni descansos. Pasas del primer tiempo, al segundo, a la prórroga. En algunas discusiones jugáis a los penaltis. Sin embargo, no te sientas en el banquillo. Y menos aún si además de un matrimonio, compartís paternidad. Somos padres y marido y mujer las 24h del día, los 7 días de la semana, los 30 días del mes. Y así, siempre y todo. Y yo esto es algo que le recuerdo muchísimo a Eugenio. 

 

Esto quizás es más de otro capítulo, aquí el crecimiento veloz de los niños ocupa el primer puesto. En aquellas horas a solas hablamos mucho de nuestros hijos. De cómo está siendo vivir su infancia. De la manera tan tranquila que tenemos de vivir cuando no tenemos nada calendarizado. De las escapadas que hemos vivido. De su forma de vivirnos. Del tiempo que les hemos robado. Pero también del orgullo y el ejemplo tan grandes que les damos con todo el esfuerzo y el trabajo que realizamos, cada día. Porque nuestros hijos nos ven. Todo el tiempo. Saben mucho más de lo que les contamos. Y de lo que nos cuentan. Y esto me lo repito mucho, porque lo escucho a menudo en el podcast de Lucía Galán, en ese capítulo que me parece tan sanador “Y tú, ¿cuánto ves a tus hijos?”. 

 

Hemos normalizado el juicio. La opinión inexperta. La opinión social. Las conversaciones que hablan de otro y ponen en el punto de mira a quien ni conocemos, ni sabemos. Y hablamos con total libertad de cómo nosotros viviéramos otras vidas. Ya está bien. Ya está bien de creernos ejemplos, de pensar que nuestra forma de paternar o maternar es la mejor, la única, la más dedicada. O la más feliz. Porque quizás aquí somos muchísimos los padres y las madres que, además de serlos, queremos ser otras cosas. No algo mejor, ni algo importante. Simplemente somos felices y nos sentimos realizados fuera de casa. Llegando a un lugar donde somos también nosotros mismos, sin olvidarnos. Teniéndonos en cuenta. Porque además de hacer mejor la vida de nuestros hijos, tenemos la capacidad y, por qué no, la obligación de hacer de este mundo, o de este trocito de mundo al que tenemos acceso, un lugar mejor. 

 

Nuestros hijos no entienden aun cuando salimos a la calle y tantos niños nos abrazan, nos besan o nos saludan tímidamente. Creo, honestamente, que sienten un poco de celos de vernos tan compartidos. Les pasa en Kids. Cuando estamos atendiendo, asistiendo o dando afecto a los alumnos, ellos reclaman y ponen su presencia bien cerquita. Como si pudiéramos nosotros olvidaros que nuestros hijos son ellos. Como si, por un instante, otros niños pudieran robarnos el amor incondicional que les demostramos a diario. Nuestros hijos nos necesitan disponibles. Para cualquier ocurrencia, para cualquier accidente. Para tener nuestros ojos divisándolos a cada peripecia. Y es así. Y nosotros cuando estamos en la ciudad nos sentimos papá y mamá, pero también Eugenio y MJo. Y a mí me hace super feliz ir por la calle viendo a niños Kids&Us. No lo puedo evitar. Es más, voy con la mirada buscando caras conocidas. Y también caras que una vez conocí. 

 

Porque si algo me duele y mucho es cuando una familia deja de venir a la escuela (porque no deja una familia de ser Kis&Us Badajoz así como así), deja de saludarnos. No lo entiendo. No lo comparto. Yo con más inri los saludo porque quizás son de los que menos ya sé. De los que más me he perdido el crecimiento. Y siempre aprovecho para saludar. Incluso preguntar. Y confieso que la mayoría de las familias cuando toman la decisión de no continuar en el método, también deciden romper con la relación personal que manteníamos. Y esto es algo que cada año les pido que no hagan. Siempre insisto en que no nos vamos a mover. En que Kids&Us Badajoz sigue siendo en sus vidas lo que era. Que vuelvan. Que han sido casa. Y que, para siempre, son parte de la historia de nuestra escuela. Esos niños serán eternamente capítulos de nuestra vida. Con su nombre y sus apellidos. Y con todo lo que se comparte de una manera tan íntima e intensa como son la preocupación y la formación de nuestros hijos. 

 

Jamás nos hemos enfadado cuando alguna familia ha curso baja. Al contrario. Nos hemos preocupado. Nos hemos ocupado. Hemos intentado mejorar para que la experiencia para los que sí siguen, siga siendo bonita, merecedora de la inversión de tiempo y de dinero. Nunca juzgaríamos una decisión familiar. Un cambio de vida. Una prueba en otra escuela. Yo solo insisto en que los niños sigan aprendiendo inglés fuera del entorno escolar. Que completen su educación en la lengua inglesa, porque estoy convencida del alcance y del regalo que les hacemos. Porque su vida va a ser mejor si tienen un aprendizaje marcado, con sentido. Si entienden el inglés que escuchan y si se comunican en otro idioma. 

 

Entonces, estábamos en el hotel con vistas al cielo y se me ocurrió. “Eu, ¿y unas bicis? Y las disfrutamos desde ya”. No cogimos el ordenador, porque ya estábamos con él. (Y no, no desconectamos de viaje. Es que nos gusta. Es que nos sentimos en cierta medida libres de poder adelantar trabajo de hacerlo incluso juntos. En los viajes en carretera solos o cuando los niños duermen nos peleamos o nos turnamos. Uno conduce, otro va con su ordenador. Y la música nos acompaña. Y así gastamos los kilómetros mientras vamos más felices porque no robamos tiempo de los niños y vamos hablando de algo que nos une: nuestro proyecto de vida. Nuestro futuro. Nuestro pasado, y nuestro presente. Y esto es algo difícil de explicar. Por eso yo en los encuentros con los compañeros de Kids&Us siento que floto, porque son sentimientos, decisiones y formas de ejecutar tan homogéneas, tan similares… como si me encontrara una carta o un cupón que me dijera algo: “vida validada, siga usted haciéndolo así”.

 

Nosotros no sabemos estar tumbados sin hacer nada. No nos gusta. Nos sumergimos en una bañera de gran tamaño y a los escasos minutos estábamos deseando salirnos. Pero aguantamos un poco más. Hablando de todo. Y de nada. Riéndonos. Volvimos a la búsqueda de las bicis. Y lo tuve claro. Todo esto era un plan de los Reyes Magos de felicitarles por ser hermanos mayores y por concederles ese aprendizaje antes de que el bebé (sin nombre) pusiera sus vidas patas arriba. Porque eso ya saben los niños que puede ocurrir. Y quizás esto es lo que más me inquiete. El no poder darles a ellos su verano, su normalidad, su vida durante un tiempo. Que sé que se recupera, que todo vuelve a ser. Sin embargo, deseo poder vivir esa etapa con la seguridad y la tranquilidad de que todo está siendo como debe ser. Sin tanta culpa, sin tantas lágrimas. Con el sabor agridulce propio del capítulo inminente, pero con la cabeza y el corazón jugando el mismo partido.

 

Entonces elegimos las bicis de los niños y un triciclo para Julia (a sabiendas de que Julia no querría subirse en algo diferente de sus hermanos y mucho menos iba a consentir que la lleváramos nosotros). El plan estaba activo y la ilusión ya era enorme. Y por la mañana al abrir Eu los ojos “Eu que ya sé, que vamos a escribir una carta de los Reyes y las vamos a montar una noche cuando se despierten. He pedido unos globos y lo ponemos todo en el salón”. ¿Parece bonito, verdad? No tiene nada que ver con lo que ha sido. Las bicicletas, la que ha llegado a casa, ha sido tarde; una estaba en paradero desconocido y el triciclo de Julia llegó una tarde y los niños ya lo descubrieron. Todo un desastre. Y por fin tuvimos la idea de ir al polígono en búsqueda y captura de la bici de Gonzalo (que ha sufrido lo suyo hasta que hemos dado con su caja). 

 

Como no querían volver de Berlanga, tuvimos que decirle que habíamos visto por la cámara a los Reyes y que como no estábamos se habían marchado con los regalos. En fin, que una cosa es la vida que planeas y otra la que vives. Y que tenemos que ver belleza también en el desastre, porque, sino la felicidad no llega nunca. 

 

También la escena de las dos bicis y el triciclo llenando el salón y saliendo todos en pijama me parecía de… película. Y también la escena de dos cajas gigantescas, una mediana y tres niños tocando tornillos, cogiendo herramientas y quejándose las horas del montaje parece de…¡una vida real con hijos! Pero son esas escenas las que nuestro cerebro no nos plantea mientras ideamos algo. Como cuando diseñamos un viaje con ellos ¿verdad? Pues algo así. Aunque sigo pensando que las fotos y los vídeos que hice (en los que no salgo) son preciosos porque los niños están emocionadísimos viendo el proceso de montaje de su bici y viendo el superhéroe de padre que tienen porque es capaz de todo. Esos ojos que delatan una admiración infinita. Y esas voces de Julia gritando en cada paso. Por supuesto. Todo en la absoluta realidad de nuestra casa.

 

Volvíamos a casa del primer paseo en bici y en el paso de peatones vimos a dos personas mayores. “¿Pasará rápido la vida Eu? “Eso nos dicen siempre, María, yo no lo sé”. “Quiero que lleguemos a ser viejitos, ojalá”. Y automáticamente me puse a llorar. No por un motivo en concreto, por todo lo acumulado. El miedo a faltarles, el miedo a perderme sus vidas. Porque no quiero que vivan sin nuestro amor, sin nuestro apoyo. Sin nuestra mirada y nuestro abrazo. Porque una vida con unos padres que te aman es una vida distinta. Y es así. 

 

También he entendido que estar en contacto con tantas realidades distintas, formar parte de tantas familias, con sus vidas únicas, me ha hecho valorar aún más todo lo que tengo. Lo que tenemos. Lo que soy. Lo que somos. A enjuiciarnos menos, a entendernos más. A quitarme la necesidad de que todo sea perfecto. A perder el miedo a que haya imperfecciones, discusiones, malos días y errores. Porque hay quienes darían cualquier cosa por volver a discutir una vez más. Por montar una bicicleta. Por poder estar un ratito en un césped bajo el sol de verano. Porque el hospital, la enfermedad, la muerte, la falta de trabajo, el desamor están protagonizando ahora la vida de esas familias, de esos niños, que a fin de cuentas son quienes no deciden, quienes no saben. Cada día doy las gracias porque incluso cuando llueve aquí en casa, aún siento que tengo paraguas para protegernos. Que estamos salvados. Hay personas que viven una tormenta hace tiempo y que no pierden la esperanza de disfrutar del sol. Si no les da tiempo al del verano, sí al del otoño.

 

Y mientras soy “la mamá de”, “la mujer de”, y “la directora de”. Tengo algún ratito para ser “la amiga de” en plenos dramas. Que eso se nos da muy bien. Y en mis conversaciones telefónicas en las que me centro infinito en quién me escucha y no solo en lo que necesita escuchar, sino en lo que creo que debo decirle. “…Si yo pudiera también haría ese pacto con mis hijos e intentaría de alguna manera aferrarme a su presencia, a su vuelta a casa segura. Cada domingo. Cuando ellos quieran, pero que vuelvan siempre. Porque es el miedo absoluto de que cuando tengan otras vidas, esta ya se les quedará pequeña o aburrida u olvidada.” 

 

“Biempensar” un concepto que Eu y yo nos inventamos en nuestro noviazgo. Que NO hemos aplicado siempre. Pero que en la mayoría de las situaciones nos ha servido muchísimo para querernos mejor, para entendernos, para confiarnos. Sabiendo que lo que hacemos tenía el mismo propósito y el responsabilizarnos únicamente de lo que hemos hecho nosotros dos. Ni el resto, ni nuestras familias. Nadie más que nosotros dos somos dueños absolutos de nuestras acciones.

 

“No puedo evitarlo Eu, es que lloro, míralos”. Y veía esta foto que comparto. Tan mayores, con unas manos que ya ocupan mucho de las mías. Unos pies que no dejan de crecer. Su forma autónoma de beber el agua, de comprobar el cierre de la botella. De elegir ellos cuando quieren su tentempié. De decidir cuándo se sientan en el césped con nosotros. Y tenía Julia cerquita y la achuchaba mucho, como si fuera la única que me quedaba ya a mi mano y a mi antojo. (Aunque ella desde el triciclo protestaba queriendo lanzarse a la pista con sus hermanos). Eso también es cierto que un segundo o un tercero quiere a sus padres y a sus hermanos a la par. Es compartido. 

 

Y me pasé el domingo y el sábado de día y de noche ordenando ropa, habitaciones y baños. Hemos dormido poquísimo. Y presiento que lo que resta va a ser parecido. Pero lo he hecho tan feliz. El sábado, la noche, desde la una hasta las siete limpiando armarios, doblando ropa, eligiendo, guardando. Y me paso después el día abriendo y cerrando puertas para disfrutar y saborear el trabajo. Y los niños intentar ayudar mientras desayudan. Y son tres que no duermen a la par. Que quieran nuestra presencia total. Y nos turnamos. Y hacemos pedidos, y diseñamos cambios, y probamos. Y hacemos limpieza y revisamos caducidades. Y ponemos lavadoras. Y mientras tanto, los niños se levantan a las siete de la mañana se sientan en la bici. Y si ponemos una peli, la ven sentados en la bicicleta. Y desde las nueve, aún en pijama, tienen el casco puesto. Y así, con esa ilusión desmedida, cierro este fin de semana. Con la idea de que cuando tienes ganas, incluso lo que puede molestar y apretar, como el casco, se lleva con alegría, con orgullo y se presume.

 

El sábado por la noche, a última hora antes de oscurecer del todo, los niños salieron a comerse el mundo con su bici. Después de toda la tarde de espera y de preparación. Nos sentamos los cinco en los escalones, ¡cómo nos gusta el suelo!, y pasaron varios grupos de adolescentes. Cada uno a su bola, a su edad, a su interés. Supongo.

 

Cuando los niños dejaron las bicis, que no el casco. Y se sentaron en el peldaño, volvimos a hablarles de la suerte que tienen de tenerse. De lo importante que es que se cuiden por si nosotros alguna vez dejamos de estar aquí. Les hablé de la felicidad. De la fortuna de tener bicis nuevas. Les contamos también que éramos una familia pasara lo que pasara, y que siempre íbamos a estar ahí siendo sus padres. Y les recordé todo lo que habíamos hecho esa tarde. Y dije pero lo hemos hecho juntos y con paciencia. Y María replicó “somos un equipazo, mamá”. Yo la miré y miré a Eu. “¿Lo has escuchado, papá?”. Eu no me contestó verbalmente, no hizo falta.

 

Los adolescentes protagonizaban el espacio y nosotros estábamos con los aspitos, los gusanitos, los frutos secos y el agua fresquita. Disfrutando después de la tensión de las primeras conducciones ciclistas. Ahí, en ese momento tan nuestro. Las cinco vidas de fuera y la de dentro latiendo al mismo ritmo, e intuyo al mismo nivel de felicidad. Estábamos agotados, felizmente agotados. Y, esta vez, Eu se adelantó a las palabras que yo siempre le comparto. “María, no quiero que crezcan”. Lo miré. Volví a llorar. “Yo tampoco Eu, yo tampoco.”

 

MJo.

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