Capítulo 26. Pedorretas

26 de agosto de 2026

Pedorretas en la barriga de mamá. Las recuerdo perfectamente. En la cama grande de aquel piso, que era nuestra casa. Nuestro refugio. Los tres hermanos en la cama grande haciendo pedorretas en la barriga de mi madre. Y recuerdo que le decíamos siempre que tenía una barriga fofa y con aquella cicatriz que siempre nos impactaba. Y ella siempre nos contaba que esa había sido nuestra llegada al mundo. Una raja vertical de las de las cesáreas de antes. Una barriga que ahora me parecería de todo menos fofa. Había sido nuestra casa. De los tres. De dos a la vez.

 

Y hacía muchísimo tiempo que no me acordaba de eso. De aquellas visitas diarias a esa habitación. De las escapadas nocturnas desde mi cama a la de mi madre. De aquellas escapadas confidentes huyendo del miedo. De los fantasmas, los monstruos. De todo lo que había debajo de mi cama. O en mi armario. Ni si quiera me acordaba de lo bonito que era mi armario, con aquellas flores pintadas a mano a juego del papel pintado, las cortinas y la colcha. Me encantaba esa habitación tan tan pequeña. Tan mía. Solo mía. Con mi mesillita de noche, con mi lamparita siempre encendida. Yo también tan pequeña. Con miedos tan grandes. Enormes. Todo me daba miedo. Y ahora, también.

 

Y volví ahí. A ese piso, a esas noches y mañanas de nosotros tres como hermanos y a mi madre como madre, y no como abuela. Volví cuando mis hijos se posaron en mi barriga en el sofá mientras daba el pecho al bebé. Tenía a mis cuatro hijos a mi alrededor. Tres haciendo pedorretas y riéndose a carcajadas. Y yo tenía ganas de grabarlos. No a ellos. Sino al sonido inolvidable de sus risas, por si alguna vez son olvidables. Pero no tenía manos. Tenía muchos hijos y ninguna mano libre. 

 

La llegada de Carlos, de mi bebé, ha supuesto una subida de felicidad. De satisfacción. De plenitud. Me siento llena, me siento muy completa. Y me sorprende, a veces, sentirme tan tan feliz. O quizás, me asuste. Cuando lo tengo en brazos, cierro mucho los ojos. Lo huelo. Lo disfruto. A veces, pongo música bonita y bailo con él en brazos. 

 

En nuestra casa hay muchos cristales, muchos ventanales. Y en Instagram he visto muchas veces videos grabados desde fuera de la casa de familias con niños pequeños. Con mensajes que dicen algo así “cuando tengas ochenta es aquí donde querrás volver”. Y mensajes muy nostálgicos invitándonos a disfrutar de ese presente. Y yo muchas veces juego a imaginar cómo sería vernos a nosotros desde ahí fuera. Desde la terraza, a través del cristal. Y me encantaría tener videos grabados así. Con esas vistas, desde esa perspectiva, desde este momento de nuestra vida. La nostalgia ya instaurada por lo que estamos viviendo, y la ilusión por el futuro que acecha. Porque el futuro llama a la puerta cada noche y lo que has vivido ese día pasa rápidamente al baúl de los recuerdos, se coloca en el pasado de una manera tan veloz que abruma.

 

Quiero achuchar a Carlos a todas horas. Quiero detener el tiempo. Quiero dejarlo así de bebé, así con sus cincuenta y cinco centímetros, sus cuatro kilos trescientos gramos. Quiero mantener su aroma, su piel aterciopelada. Quiero que los mayores no lo sean más. Que Julia siga siendo bebé también. Quiero que septiembre tarde en llegar y que no aparezca aún en el calendario familiar.

 

Quiero que el caos lo sea mucho tiempo. La ropa por la noche ya en la mesa. Las mochilas en la puerta. Quiero que los niños sean más autónomos, y, también que nos necesiten para todos. Quiero contar cuentos, pero no siempre. Porque hay noches que estoy agotada y me quedo dormida mientras lo narro. 

 

Y quiero normalizar la montaña rusa en la que estoy montada. Y quiero ponerle nombre a todos los sentimientos que acompañan las pedorretas que hacen mis hijos casi cada día en mi barriga. Mientras ellos ríen a carcajadas y yo estoy agobiada pensando que es tarde, que no llegamos. Que el bebé puede sufrir un daño colateral de empujón o cabezazo. 

 

Porque esta etapa de pedorretas en mi barriga va a pasar. Y quizás demasiado rápido. Porque si lo pienso y lo siento rebobinar me ha hecho ser consciente de la cantidad de años que han pasado desde que yo era esa niña pequeña. Que vivía con sus hermanos y con su madre. Cuando yo no tenía prisas. Cuando solo quería vivir en la falda de mi madre. Cuando echaba en falta tener una hermana. Cuando no quería que llegara la noche, porque me daba mucho mucho miedo la oscuridad. Y recuerdo ese miedo que me hacía sentir tan pequeña. Ese miedo que a veces no compartía, o al menos no del todo. Ese miedo que me frenaba. Que me llenaba de pesadillas. Recuerdo una época especialmente intensa de pesadillas. Super reales. Super sentidas. 

 

Y ahora soy yo esa madre, que calma los llantos de noche. Que recibe visitas en su cama grande. Que ofrece agua, que cambia pañales. Que recibe abrazos y besos. La que baila y la que canta. La que hace como si nada, aunque duela todo. Y me gustaría ser la madre que normaliza los daños. 

 

Darle normalidad a la tristeza y a la alegría, en el mismo día, incluso, en la misma hora. Normalizar no tener ganas de hablar al acabar el día, o tener ganas de contárnoslo todo. “Realidar” el momento tan intenso que estamos experimentando. Sigo usando mucho ese verbo que me inventé para darle realidad a las cosas. Creo que este momento de nuestra vida puede llamarse “Non-stop”. No paramos en ningún segundo. Vamos corriendo. Vamos jugando a llegar a todo. Con nuestro mantra y lema de nuestra familia, “bien pensar”. Eu y yo siempre intentamos pensar bien el uno del otro. Y de los demás. Intentando pensar que hacemos los dos lo máximo que podemos cada día. Aunque esa entrega no sea siempre la misma, porque la fuerza varía. El descanso, también.

 

Normalicemos las ganas de acabar la etapa de bibis, y también derretirnos cuando nuestro bebé se lo toma templadito o calentito. Démosle normalidad a los bostezos mientras cenamos juntos y no disfrutamos de estar a solas. Las cenas en silencio, con tele llenando el espacio. Y también las cenas con la tele apagada confiándonos el día. Riendo con las anécdotas de los niños. Enseñándonos fotos y vídeos del pasado. Mirándonos a los ojos. 

 

Normalicemos que a veces gritamos, y otras veces les hablamos con un amor aplastante. Y pensemos que es corriente tener la casa llena de juguetes, las camas deshechas de las siestas. E intentemos disfrutar de verlo así. Porque “el caos de mi casa es particular”. Y ese caos es del tamaño de esas manitas y esas boquitas que se aferran a la barriguita de su mamá. Que disfrutan con ese ruido bautizado como pedorretas.

 

Intentemos no deshacer el nudo de la garganta cuando está tan amarrado. Y lloremos si lo necesitamos, con alguna canción emotiva dándole música. Y pidamos ayuda cuando necesitemos verbalizar lo que está ahí dentro. Porque compartirlo le resta tamaño, le quita el dolor, recupera la cama.  Normalicemos tener muchas ganas de leer y de responder mensajes, y a la par sentir que el teléfono nunca tiene tiempo de salir al uso porque no tienes tiempo de vivir esa pantalla. Dejemos que el agradecimiento sea protagonista de todo lo bonito que recibes y evitemos que la culpa nos gane la batalla. 

 

Hablemos también de cómo es volver a casa cuando ya hay quien te espera. De lo que duele ir al baño después de parir. Hablemos de lo que cuesta que, en pareja, lleguemos a un consenso de necesidades y de decisiones. De lo diferente que siente un padre y una madre. De cómo difiere la experiencia de un padre y de una madre. De cómo un bebé es de mamá, aunque no participe en las pedorretas. De cómo los hermanos tienen que aprender a hacerle sitio a ese bebé. 

 

Tratemos también cómo cada pareja determina normas, de convivencia, de disputas. De cómo a cada dos le corresponde buscar su mejor fórmula. Porque no hay que empeñarse en solucionarlo todo hoy. Porque, a veces, reposar las emociones es ganar la victoria. Es debatir con respeto. Es tener éxito en una conversación incómoda. Sin forzar. Sin que hablen por nosotros la ira o el enfado. Hablemos de lo importante y lo esencial de mantener la palabra equipo, de mirar a tu compi de vida con empatía, con ese “bien pensar”. De ver que si descansa es porque lo necesita. De sabernos diferentes, con necesidades completamente cambiantes y personales. De concedernos y de cedernos para curarnos, para ensalzarnos; aunque, a veces, no nos resulte cómodo. Ni sea la opción más fácil en nuestra logística.

 

Que el tema de la excitación a deshoras en nuestros hijos merece toda la paciencia posible. Normalicemos trabajarla. Normalicemos darles lo que necesitan. Entenderles.

 

Me habría gustado que estas pedorretas durante la lactancia llegaran antes. Haber conocido a Carlos antes del quince de agosto, porque septiembre es un mes de cambios, de demanda. Porque no es solo ese bebé, es la mayor en el último curso de infantil. Es el segundo dejando la guarde y entrando al cole. Es la otra bebé comenzando a ir a la guarde solita, sin ningún hermano. Somos todos, a la vez, y por separados. Somos padres y somos humanos. Soy la madre de mis hijos, y la mujer del posparto. Y la mujer de mi marido. Y soy la hija de aquella mujer de pedorretas que con casi cuarenta años criaba sola a sus tres hijos. 

 

Normalicemos hablar en el puerperio. De cómo es volver a casa. De esos días que no te duchas. De esas horas en las que solo sostienes al bebé. Y casi no te sostienes tú. De la mirada de tristeza de tus hijos mayores cuando no tienes manos para ellos. Y te reclaman con unos ojos que se te clavan en el alma. Compartamos que hay días que quieres estar en camisón, con la puerta cerrada y solo tu bebé y tú, para contigo; y música tranquila. 

 

Digamos también la suerte que es tener a tu madre, la madre de la madre, en casa durante unos días o unas semanas. Esa que, si se lo pidieras, se subiría la camiseta para que le hicieras pedorretas, porque también retiene ese recuerdo. Y que daría mucho por volver a aquella cama grande, a aquellas risas, a aquellos decibelios. A aquel caos, a aquella soledad, esa que sumerge a la que educa, cría y cuida sola. Y esa que duerme, alimenta, baña, viste al resto de tus hijos. Y plancha, y tiene la comida lista. Porque cuando nace ese bebé, cuando tú vuelves a nacer como madre, la lista de tareas es infinita, porque ya eras madre de antes. Y sientes que vives doblando ropa, durmiendo niños, ordenando, pensando, comprando pañales, satisfaciendo necesidades. Menos las propias.

 

Habla con tu marido/tu mujer, si tienes pareja, de lo largos que son los días. Y de los cortos que son otros días. De cómo es cruzarse por el pasillo mientras alcanzas un pañal, das una voz, miras mientras hacen la voltereta, echas la pasta en el cepillo de dientes y chequeas lo que acontece hoy. Porque la calidad de tu posparto depende de la calidad de la relación que tengas. De que te cuiden cuando las hormonas ganen la batalla. De que te hablen con el mismo amor que el día que vives las contracciones. Depende, además, de que no olviden pronto que tu cuerpo se sigue transformando. Interviene también la calidad de vuestras conversaciones, la confianza establecida, la capacidad de comunicaros. Cada uno en su puesto, viviendo una realidad parecida, pero no igual. Como aquella enseñanza de “this is us”, que nos dice como, aun viviendo en la misma casa, cada uno vive y experimenta algo diferente de un mismo hecho. 

 

Escríbele a tus amigas, y habla mucho de todo lo bueno. No te instaures en la queja. El primer día que los niños me hicieron pedorretas fue el primer día de la vida de Carlos en casa. Y aunque yo auguraba un día requetefeliz por estar los seis por primera vez en nuestra casa, ese día yo me sentía muy desubicada. Veía todos los quehaceres, el desorden. Veía las caras de mis hijos, los brazos de Julia pidiendo rescate. Lo veía todo y yo no sentía nada. Y lloraba. Porque me dolía. Porque no me sentía bien, ni física ni mentalmente. Pero aquella noche dije que no me iba a quejar más. Y me levanté al día siguiente y no me quejé en todo el día. Y tenía las quejas en la punta de la lengua, pero no las pronuncié. Porque todas eran situaciones o dolores esperables, perfectamente encajados en el escenario que estaba viviendo. Y me funcionó. Tanto que lo he repetido cada día. Y aquí sigo. Llenando de agradecimiento cada momento que podría llenar de lamentos. Porque veo suerte en todo lo que vivo. Incluso en ese último cambio de pañal inesperado a las once y cinco de la noche.

 

Y me funciona muy bien. Porque vivo el día bien. Mejor. Y desde ese día. Y las pedorretas de aquella tarde me gustaron más. Porque vi mucha belleza. En mi barriga enorme. En las manos de mis hijos abriéndose paso. En sus cabecitas que subían y bajaban. En sus ojitos que se achinaban en sus carcajadas sonoras. Y ese día en el que mi cuerpo seguía sin gustarme, pensé en cómo desde febrero de dos mil veintiuno me había cambiado no solo el cuerpo, sino también la vida y la mentalidad…

 

Y desde aquella primera noche en casa. Y hasta hoy, no dejo espacio a la queja. Por casualidad, Patricia, mi psicóloga; generó un contenido a través de un video que me fascinó. Sobre cómo las personas se instauran en la queja. Lo vi ayer y lo compartí, por si a alguien le sirve. Porque no sirve de nada vivir quejándonos, cuando podemos estar agradecidos. Viendo lo caduco que es todo. Lo efímero. Lo finito. Porque la queja continua no me hace feliz. Porque quejarme de algo que yo he elegido me parece injusto y cruel.  Porque es algo temporal, porque va a pasar. Y yo ya lo sé. Porque he cruzado este bosque, tres veces antes. Y porque mi queja sería el sueño de alguien. 

 

En las pedorretas de ayer volví a llorar. De felicidad y de miedo. No quiero experimentar el resto de mi vida sintiendo un miedo que me consume. Lloraba por la suerte y la responsabilidad. Porque yo siempre estoy diciendo que me gusta mucho la vida; pero es que también me da mucho miedo la vida. Y ahí ando, bailando y cruzando esa delgada línea.

 

Normalicemos el cambiador portátil en cualquier parte. Más juguetes por el suelo. Normalicemos todo lo que es completamente normal de este proceso. De esta transformación. De esta nueva madre que ha nacido hace once días. Tratemos con calma y naturalidad todo aquello que componga esta fase y esta etapa de nuestros hijos. 

 

Pero jamás demos por hecho ni por normal tener una casa. Tener flores. Recibirlas, tener a nuestros hijos sanos. Que no por ordinario deje de ser extraordinario. Porque en cada día, en todo aquello normal tenemos el privilegio absoluto de disfrutar de una vida espectacular. Llena de matices. Y tenemos el derecho y el deber de saber verlo. Así que no normalicemos lo que no debemos. No creamos que vamos a estar siempre. Que la abuela vivirá siempre con nosotros. No olvidemos la belleza de las risas de los hermanos, esas que a veces son molestas en el caos y el cansancio. No normalicemos poder besar a nuestros hijos siempre y cuando queramos, porque no será así eternamente.

 

Que sea norma ineludible el intentar ser mejor cada día, más feliz. Mejor versión. Que sea norma divertida levantarnos la camiseta y animar las pedorretas. Y hacerlas nosotros también en esas barriguitas pequeñas que ocupan la talla 3 o la 6. Y la 18m.

No demos por sentado el amor incondicional. No dejemos de dormir juntos. Aunque hoy haya sido un día difícil. No normalicemos tan poquísimo descanso, porque algún día dormiremos mucho.

 

Han sido cinco años y medio de vaivén. De embarazos. De pérdida gestacional. De lactancia. De crisis. De nuevos comienzos. De reencuentro. De reconecernos y de elegirnos. De ser madre de cuatro personas tan distintas. De ser compañera de vida de una persona en constante evolución, cambio y proyección. De ser una persona miedosa, más que nunca. Porque no encuentro nada más vulnerable que ser madre. 

 

Normalicemos sentirnos valientes y cobardes. Sentirnos fuertes y débiles. Le doy máxima normalidad a mi sentimiento máximo de protección. Y a mi máxima norma de disfrutar cada día de ser la madre de mis hijos, todo el tiempo posible, todo lo que ellos me dejen. Besarlos, abrazarlos. Cuanto ellos quieran, porque pasan rápidamente a darte permiso y a negártelo.

 

No sé cuánto más se divertirán haciendo pedorretas. A mí me gustaría que esto fuera mucho más despacio. Mucho más trascendental. Mucho más tiempo. 

 

Ahora respiro mucho a mi último bebé. Ahora necesito un verano muy muy lento. Con los últimos días de agosto dando el pistolazo de salida a un curso que promete ser desafiante. En el plano familiar y profesional.

 

Y yo, una vez más, siento respeto. Siento miedo. Muchísimo. Y ojalá no sentirlo tanto. Pero, entonces, quizás, yo no sería tan yo. Esa que tanto disfruta. Que tanto ama. Que tanto quiere. Que tanto siente. Que tanto quiere retener. Que tanto teme al futuro. Esa que siente vértigo por conocer el resto de capítulos de nuestra historia. 

 

Un “lifetime” cargado de emociones. Un “lifetime” marcado de pospartos. Diferentes. Circunstanciales. Con una madre cambiante. Distinta. Una frase de siempre, pero que me llegó como nunca “tus hijos nunca han sido tan mayores como hoy, y nunca volverán a ser tan pequeños”. Palabras que me empañan los ojos. Que me hacen recapacitar y negociar mi nivel de exigencia. Una cita que tiñe mi nostalgia, y que la eleva.

 

Normalicemos tener tiempo para estar en el sofá escuchando pedorretas y risas. Viendo por la ventana el mundo sin parar, sin notar que lo más importante de tu vida está en este momento ahí, justo dentro, justo ajeno a todo lo que pasa fuera. Hagamos normal el probar. El cambiar rutinas. En modificar. En probar. En ver lo que funciona. En variar. En ir eligiendo lo que mejor nos va. Poco a poco. Son solo once días siendo seis. 

 

Llave echada. Luces apagadas. Todos dormidos. Carlos, también. Y yo, casi. 

 

MJo.

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