Capítulo 25. Algodón de azúcar

22 de agosto de 2026

Me desperté y tenía a Carlos en el pecho y a Gonzalo completamente acurrucado en el lado derecho. Y las escuché, bajito, pero alcancé la conversación que la abuela y la nieta mayor estaban manteniendo. “Abuela, ¿tú hoy me puedes comprar un algodón de azúcar?” “yo lo que digan papá y mamá, ellos han dicho que palomitas”. “Sí abuela, pero es que a mí me encanta el algodón de azúcar y nunca me lo compran”. “Bueno yo no sé dónde lo venden”. “Yo sí abuela, yo te llevo luego ¿vale?”. 

Y así se alejaban ellas del dormitorio de papá y mamá y con ellas sus voces y esa conversación tan de abuela y nieta.

 

Y me quedé un ratito pensando en la suerte que tengo de que mis hijos todavía tienen una edad en la que su felicidad puede depender de que yo ceda a comprar ese algodón de azúcar. Ese que yo aún recuerdo la primera vez que lo probé. 

 

Seguía a duermevela y Carlos volvía a comer y Gon respiraba fuerte y tranquilo, feliz de dormir la siesta con su mamá a la que había tenido tan cerca y tan lejos a la vez en los últimos días. Pensé en todo lo vivido en los últimos días. En las visitas a casa. En los días de hospital a solas. En las duchas repetidas. En la primera después de dar a luz.

 

Pensé en el dolor intenso de las contracciones. Ese que cuando cierro los ojos aún puedo retener. Y volví al algodón de azúcar. A lo dulce. Al azúcar que masticas. Porque incluso los sabores más apetecibles y edulcorados de la vida tienen mordiscos que nos gustan menos. Y volví a una de mis frases favoritas de “This is Us”. Esa que aparece en el primer episodio y ya te invade una sensación infinita de aprendizaje. “There’s no lemon so sour that you can’t make something resembling lemonade” (“no hay limón tan agrio que no permita hacer algo parecido a la limonada”). Una cita brillante en un momento maravilloso de la serie. Ese momento de parto, de conocer a tu bebé. 

 

Unas palabras que aplican en momentos duros de nuestra vida, que te hacen retorcerte y buscarle el sentido a lo que acontece, buscando la fórmula, a veces escondida, de convertir ese sabor amargo de la vida en algo importante. Algo que te haga entenderlo todo.

 

Saboreé esa siesta de la que apenas quedaban minutos porque el bullicio en casa ya era notorio y ya eran dos de cuatro despiertas haciendo de las suyas. Eso que los niños hacen cuando se despiertan con ganas de vida. Con ganas de sus padres. Quizás de calle. Seguro que de merienda. Y muchas de la abuela. Porque ahí está también la magia. La suerte y lo dulce de convivir con su abuela en un periodo de transición, que resulta doloroso, inexplicable e inalcanzable para nuestros hijos tan pequeños. Que quieren a su hermano, pero que no entienden. Que siguen queriendo a sus padres, pero que no perdonan sus ausencias. Que quieren que todo siga como antes, al mismo ritmo, a las mismas rutinas; pero que todo cambia como nunca, más lento, más ajustes.

 

Lloré. Mucho. O poco. No lo sé. Porque creo que en este momento todo vale. Y hay momentos para todo. O para nada. Porque los días pasan volando. Y las horas se esfuman entre pañales, tomas, desorden, ropa, lavadoras. Y mientras intentas que no se escape ninguna de las necesidades de todos los que vivimos en la misma casa. Esa donde ha llegado un bebé, con su olor, con sus llantos, con su pañal de la talla 0. Con sus pies que quedan perfectos en tus manos. Con sus toallas nuevas, sus ropitas pequeñas. La misma casa donde ya había otros tres niños, con sus olores de siempre, sus llantos también. Con sus pies del 21, del 27 y del 30. Con sus inquietudes. 

 

Y pensé mucho en esa confesión de María: “es que mis padres nunca me lo compran”. Y en cómo a veces desconocemos lo que piensan y sienten nuestros hijos. Porque no nos lo comparten. Porque se quedan ahí esos sentimientos y los acatan y los aceptan, aunque algo les guste mucho y se pierdan ese sabor. Y sentí pena. De, a veces, ser tan estrictos. Quizás demasiado. Con las normas de casa. Y las normas del mundo. 

Que yo les digo que es la casa de todos. Y recordé paseos donde vamos recogiendo cable todo el tiempo. “No se salta”. “No se trepa esa valla”. “No se cogen flores”. “No se grita”. “No se corre”. “Tampoco se dejan los papeles en el suelo”. Y así van pasando los días mientras somos padres que quizás tienen demasiadas normas. De convivencia, de familia, de rutinas, de viajes. Y es cierto. 

 

Y sentí pena de no comprar de vez en cuando algo que es tan fácil. De no hacerles felices con detalles así. Álvaro Bilbao contaba el otro día que él no renuncia a los helados de verano, porque es de los recuerdos más significativos de los niños. Así que hoy fuimos a por un helado. Y mi madre, la abuela, que sigue siendo mi madre, me ha comprado el helado más grande que había en los Valencianos de leche merengada. Que es el sabor que siempre elijo en mis helados de barquillo. Y mis hijos han elegido sus sabores de siempre: unicornio y pitufo. Y a Julia le hemos pedido el de nata, que era blanco y manchaba menos (o eso parecía). 

 

Y en el cansancio físico de hoy, hemos tenido esa ventanita dulce de paseo, helado y parque. Solos nosotros. Sentados en un banco, a ratos nosotros dos, a ratos los seis. La abuela aprovechó para escaparse a hacer recados. De nuestra casa. 

 

En aquella siesta, en la oscuridad artificial y forzada de la casa, me quedé pensando en todo lo que a veces no sé de mis hijos. En esas confesiones a otros. En esas versiones para con otros. En todo lo que algún día no conoceré de ellos. Lo que desearán, lo que querrán. Y todo lo que yo no podré conceder porque, quizás, ni siquiera lo compartan conmigo. Y sentí más pena. Y no tenía manos para secarme las lágrimas porque una sujetaba a mi recién llegado bebé y otra sostenía el abrazo a mi hijo de tres añitos. Quien más había sufrido mi vuelta a casa acompañada. Y era de esos momentos que cualquier madre quiere alargar todo lo posible. Un abrazo que exprimes hasta el final y una lactancia recién estrenada, que ilusiona, que reta, que te llena y que te pausa. Y que sostienes con toda la fuerza, la valentía, la motivación y la responsabilidad posibles. 

 

Pensé en lo duro, en lo amargo de un parto. En el dolor que te rompe. En los miedos gigantes. Y también intenté traer a mi mente la dulzura de conocer a tu hijo por primera vez. Esa “última primera vez”. De todo. De transitar el dolor necesario para abrir paso a una nueva vida. De volver a casa para colocarlo todo. Las emociones. El cambiador. El carrito doble. El capazo que vuelve a protagonizar el pasillo. La bañera de bebé. Sentí con dolor infinito lo poco dulce que mis hijos estaban viviendo estos primeros días. Y sentí con orgullo infinito la capacidad de soñar y de lograr algo que siempre había deseado. 

 

Y sentí y me recordé la suerte gigante y la oportunidad aún factible de estar viviendo la etapa más fácil o más entrañable de mi maternidad. Esa en la que cada noche puedo cerrar la puerta con todos aquí dentro. En búnker. Como el día del eclipse. Esa con la que una tarde puedo curar los daños de mis hijos con una salida a por algodón de azúcar para endulzar cualquier día.

 

Porque no solo es lo que vemos. Es lo que ellos sostienen. Lo que escuchan. Lo que ven. Lo que les dicen. Es todo eso que no puedes proteger. Lo que no puedes evitar(les). Es ese “no me gustan tus tacones”. Es ese “no quiero jugar contigo”. Ese otro “¿por qué vienes con ese disfraz?”. Es esa inseguridad que se va creando poco a poco. A la que abren paso personas que, quizás, no los quieran tanto. O que, quizás, ni saben que lo hacen. Entonces tú estás con tu hijo o tu hija, y tiene un mal día. Y te habla mal, o te escupe, o te responde con un pellizca. Y tú solo ves la punta del iceberg de su día. Porque sus emociones, sus daños…se sumergen. Se esconden en acciones que nos gustan menos. 

 

Y entonces tú desearías que aquel embarazo jamás hubiera llegado a su fin. Porque ahí, tu hijo, lo que más quieres del mundo, es solo tuyo. Ileso. Tranquilo. Seguro. Amado. Protegido. Porque el mundo es hostil con tus hijos, aunque no se lo merezcan. Porque de repente tu hija de cuatro años a la que le encanta el algodón de azúcar aparca sus tacones favoritos, esos que tú compraste emocionada, porque alguien le dice que son feos. Y un poquito de su luz, de su personalidad, de su autoestima, se apaga, se esfuma, se merma. Y da rabia. Mucha.

 

Y sientes con profunda tristeza que no hayan querido jugar con él. Y vives con nostalgia esa infancia y esa seguridad desmedida con la que salía cada tarde disfrazada de Frozen. Y con sus varias coletas. Y llena de collares. Y maquillada. Y piensas ¿cuándo ha ocurrido todo esto? ¿cómo ha llegado hasta aquí?  ¿quién tiene ese permiso para hacerla ser diferente? ¿quién puede permitirse hacerla ser menos feliz?

 

Y tu hijo de tres añitos grita sin cesar en la comida que con tanto esmero has preparado. A tiempo. Y no sabes qué le pasa. Hasta que descubres que esa mañana lo han castigado en una clase de bebés porque ha pegado. Y alucinas de que una persona que se dedica a los niños castigue a un niño tan pequeño, con emociones tan grandes, de esa manera tan cruel. A un niño que acaba de tener un hermano, que no ve a su madre durante un par de días. Alguien que necesita amor, recibe rechazo. Alguien que necesita comprensión, recibe castigo.

 

Porque esto no se trata de que ellos lo hagan siempre bien. Ni de que nosotros siempre compremos algodón de azúcar. Este viaje de educar, tanto padres como docentes, trata de que sepamos darles la dosis necesaria para sobrevivir a la vida que les está tocando experimentar. Buscando el equilibrio perfecto. Entre el premio, el reconocimiento, lo ordinario, lo mínimo.

 

Ahora estamos en unas semanas en las que sentimos que estamos todos en una montaña rusa. Los mayores tenemos el cinturón abrochado y comprobado. Vamos a una vuelta segura. Los pequeños no tenían la estatura mínima para subir, y, sin embargo, ahí están. En el primer vagón. Y puede que nada de esto que escribo tenga mucho sentido. Porque estoy ahí, justo en el pico, en lo más alto. Justo dando la vuelta. Y ahí cabeza bocabajo escribo y recuerdo todo esto. No sé cuánto tiempo nos queda hasta que acabe este viaje. Seguiremos buscando aliento. Siguiendo nuestro instinto. Amando incondicionalmente. Buscando nuestra mejor versión en cada una de nuestras veinticuatro horas de estreno. Disfrutando de lo caduco: de esa convivencia con la abuela, de esa llegada del bebé. De todo esto que pasa rápido. Y que, después de tres veces anteriores, ya sabemos. Y valoramos tanto.

 

Quizás también nosotros necesitemos un algodón de azúcar, alguna noche, cuando nos quedamos a solas. A oscuras. Cuando, por fin, los cuatro cierran los ojos. Sueñan. En casa. En familia. Ahí donde siempre les digo que nada malo puede ocurrirles. Y puede ser que nosotros también necesitemos endulzarnos un poco estas semanas de entrega física y emocionalmente. Y puede ser que encontremos el mejor edulcorante para seguir disfrutando así en esta cuarta vez siendo padres juntos.

 

Y puede ser que esto que escribo no tenga mucho sentido, pero todavía no he aprendido a ordenar(me) en mi puerperio. Ni siquiera mi última vez. 

 

También puede ser que esté contenta de aquella idea que tuve días antes de conocer a Carlos. Encargar una tarta, aún sin fecha, para volver a casa con nosotros. Para hacer de nuestra primera tarde siendo seis, un recuerdo dulce para siempre. La tarta favorita de los niños. Mi tarta favorita. Con ese número seis que nos acompañará siempre. Pase lo que pase.

 

MJo.

Contacta con nosotros

Noticias

Lifetime 24. "Amiga: ¡disfrútalo!"

Este preparto pasa pronto a ser pasado. Y queda nombrado, con esas dos palabras que han sido el mayor acierto de esta última semana. “Amiga: ¡disfrútalo!”. Y ese disfrute al que me comprometo entregar será el fin de esta vorágine sentimental.

09/08/2026
Saber más

Lifetime 23. Lo que estaba dentro.

Lo que escribía mientras vivía el que era mi penúltimo posparto. Hace un año, y un poquito más.

20/07/2026
Saber más