Capítulo 13. ¡Familia numerosa! Un año siendo cinco. 🌿
28 de abril de 2026
El embarazo de Julia no fue idílico. Acabábamos de perder por primera vez un bebé y estábamos convencidos de que no iba a ir. Lo disfrutamos poco y mal. No queríamos ilusionarnos en exceso. Y las consultas periódicas nos provocaban muchísimo insomnio. Siempre he confiado que aquel “no tiene latido” fueron las palabras que más atónitos nos han dejado nunca. Porque como siempre pasa con lo peor, nunca te imaginas que te va a pasar a ti. Que en esa consulta tú vas a salir con el alma y el corazón aún embarazados y tu barriguita ya parada, aunque aún con un buen tamaño.
Dicen que Julia es el “bebé arcoíris”. No había escuchado ese término antes. Lo que sí sé es que tener a Julia en la tripita me salvó infinitas noches de llantos. No recuerdo nunca antes haber llorado tantísimas noches seguidas. Y me agarraba fuerte a ella. Le hablaba y le pedía que siguiera creciendo. Que a pesar de mi tristeza imposible siguiera latiendo conmigo. Que yo lo hacía por ella. Y es que a un hijo se le ama desde que sabes que está. Así que en su primer cumpleaños también va incluido ese recuerdo a su forma de crearse dentro de mí.
Los primeros meses de Julia fueron muy distintos a cómo yo lo había planeado. Tenía clarísimo que los primeros seis meses iban a ser facilíiiiisimos. Un bebé recién nacido, pudiendo ocuparme solo de los mayores, un bebé de tetita y siestas. Ni siquiera me rio todavía. Qué barbaridad… Una niña a la que le costó muchísimo adaptarse al mundo. En su primer mes de vida había tenido más consultas de pediatra que sus hermanos en sus cortas vidas. De verdad que me costó mucho vivirlo. Mucho. Aun lo recuerdo con angustia… Horas seguidas llorando. Y un llanto… tan tan potente. Que se nos metía tan tan dentro.
Recuerdo que nadie la quería coger. Que mis duchas se veían cortadas. Que no tenía ningún instante sin ella. Que intentaba cumplir con mis obligaciones profesionales y era imposible. Porque no dejaba de llorar y yo no podía escuchar nada. Sin embargo, yo estaba completamente obsesionada con no perder el control de ciertos asuntos pedagógicos. Quise hacer simulacro de Trinity a cada candidato. Que eran cientos. Quería ver uno a uno a esos niños que aprenden en mi escuela y que se enfrentaban a un reto. No es desconfianza, es seguridad. Es necesidad de hacerlo yo. De saber que viven algo para lo que de verdad pueden. Esas tardes fueron de auténtico terror. Por suerte, conté con el apoyo incondicional de esas familias que me veían personalmente y a través de la pantalla desbordada. Se me veía triste. Y yo lo sabía. Y no había maquillaje ni ropa bonita de las XXXL que tapara aquello.
Porque no era solo Julia. Era yo. Éramos nosotros. Era una familia completamente abrumada, en un momento crítico en el que nada se adaptaba y no teníamos necesidades cubiertas. Y no hay nada peor en un matrimonio que saberse ambos con las necesidades descubiertas y culparse mutuamente. Sin mirarse por dentro y sin tener tiempo ni disposición para hacerlo. [Esto merece otro capítulo al desnudo a todos esos padres que como nosotros tuvimos que atravesar un bosque muy oscuro para volver a encontrar la luz].
Y a pesar de esos llantos desmedidos e incontrolables, a pesar de todo eso que aú me pone la piel de gallina. A pesar del dolor, también hubo un amor inmenso. De tres hijos que se conocían y se reconocían. Que se miraban. Había ratitos “slow”. Había escapadas siendo cinco. Y a veces la tormenta cesaba, y disfrutábamos de un cortísimo cielo raso.
Necesitamos varios meses para coger los paraguas fuerte, para agarrarnos y sostenernos. Y no fue hasta verano cuando conseguimos aunar fuerzas y remar. Durante meses decía “estamos en la cresta de la ola y no sé nadar, necesito que baje la marea”. Y como lo deseaba, de verdad. Como yo rogaba que ese tiempo para rápido. Y no me arrepiento a pesar de que era mi hija la que en ese espacio temporal iba creciendo. Porque era de imperiosa necesidad que las cosas cambiaran. Estábamos en un escenario contrariado, con pocos efectos especiales y luces fundidas. Lo que se veía desde fuera y desde el “backstage” era demoledor. Os lo prometo.
Julia fue esa segunda hija que siempre deseé tener. Porque siempre dije que sería Julia. Fue mi compañera en un viaje de trabajo que acabó siendo solo de nosotras dos. Un viaje en tren que no recomiendo a nadie. Badajoz-Madrid en pleno mes de julio. Con una bebé en brazos, maletas, pecho y mucho más. Tengo que reconocer que aquel viaje fue un antes y un después en todo. En mí. En mi forma de relacionarme conmigo misma. En mi manera de vivir a Julia. Llegué a ver más allá de mi pena y de mi frustración y empecé a ver que aquellos seis kilitos no eran más que una bebé pequeña que solo necesitaba que yo estuviera bien. Le había dado demasiadas noches de llantos para que todo siguiera en la misma tónica. Y ahí cambió todo.
Cambió nuestra relación de familia, nuestro matrimonio y nuestra paciencia. Le echábamos la culpa a ella porque había puesto patas arriba un lugar de seguridad, pero teníamos que confesar que habíamos dejado de cuidar lo que de verdad importaba antes de que ella llegara a nuestros brazos. Y cuando dejas de mirarte, dejas de quererte bien. Y basta un pequeño tambaleo para que los cimientos se desmoronen.
Julia era cariñosa, “coscona” y muy demandante. Y estos primeros meses vivió en brazos. Y poco a poco empezó a gatear. Y empezó a decir “hola” con su manita. Y un montón de cosas más de forma autónoma. Ahí sí se cumplió “es una tercera”. Ha sido fácil para ella hacerse con un trocito de los corazones porque es simpática a rabiar. Tiene unos ojos que te miran con amor y confianza eternas. Unas manitas atrevidas, tiene garra, tiene fuerza. Tiene seguridad en sí misma. Que eso me encanta. Tiene dos hermanos que la tratan como una muñeca (a veces yo también pienso que lo es).
Julia es compañía. Es sonrisa. Es aire fresco. Es picardía. Es atrevimiento. Es ganas de vivir. Es ganas de quedarse. Ganas de curarte. “Tenías que ser tú. Teníamos que ser nosotras”. Julia nos dio el título de familia numerosa. Fue un sueño cumplido. Julia es esa hija que tiene su propio plan y su manera inocente de desordenarte todo lo programado.
Julia saluda a todo el mundo. No tiene discrepancias. Sabe lo que quiere. Y se defiende ella solita. Se adapta. Se duerme en brazos de aquel que le de cariño, mimos y le dedique una sonrisa amable. Julia confía. Julia sueña. Julia baila siempre que puede y aplaude por todo. Y se vuelve absolutamente loca en sus reencuentros con sus hermanos. Julia juega a ser mayor, porque ella lo intenta todo.
Julia camina. Julia sale a la terraza y es feliz.
Julia encuentra amor a raudales en cualquier rincón y en cualquier persona. Porque es una tercera con sabor a unicidad.
Y es que Julia es absolutamente única para mí. Por todo lo que te confié cuando latíamos juntas. Por todo lo que te confío cuando estamos a solas. Por todo lo que proyecto en ti. Y por todo el futuro que quiero compartir.
Te quiero mi bichita.
Mami.
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