Capítulo 6. Mi amor por los aviones ya no es tan fuerte.
8 de marzo de 2026
Lifetime, MJo.
Capítulo 6. Mi amor por los aviones ya no es tan fuerte.
Cuando me monté en el avión de vuelta supe que el viaje no iba a ser tan feliz. Me pasé dos días pensando en lo lejos que estaba de mis hijos. En los riesgos, quizás innecesarios, que había asumido. Y los kilómetros que había marcado.
Me encanta viajar. Me siento más contenta cuando tengo un vuelo programado. Es como si tuviera un premio cerca. Un cambio de cielo. Un aire fresco.
Como otras muchas cosas, este sentir cambió desde que me convertí en mamá. Los primeros vuelos con los niños fueron inolvidables. Fáciles. Divertidos. Después, en la familia numerosa optamos siempre por el coche.
El avión pasó a ser mucho más esporádico. Algo muy puntual. Y un transporte que siento que me aleja en exceso. Quizás por la ausencia de libertad de regresar ante una emergencia. Viajar en coche me gusta, por todo lo libre que me hace sentir. Por la música a mi gusto. Por verlo lleno. Por el bullicio. Por la tranquilidad. Por las prisas. Porque el tiempo depende de mí.
“¡Vámonos a Barcelona que son solo dos horas!” Y yo solo pienso en el tiempo de antelación necesario, el aparcamiento del aeropuerto, el control de seguridad, la espera, la cola para embarcar, el autobús que te lleva hasta el avión porque siempre somos <lowcost>. Las dos horas de paseo por las nubes. Bajarte del avión, cruzar el aeropuerto entero. Desplazamiento hasta la ciudad. En fin, que me siento como engañada. Como si poco a poco hubiera traducido o aprendido los factores de conversión y hubiera entendido por fin que dos horas de viaje son un día entero invertido. Y también perdido.
Además, si cuento lo que significa viajar en avión embarazada, o con mi enfermedad en las piernas. Lo que supone. Una hinchazón que me dura días. Que ya marca mi ropa de la maleta porque conozco mi cuerpo y su forma de vivir todo esto también.
Y no hablo de los tres euros y medio que tuve de pagar por medio litro de agua en una botella que en el super vale cuarenta céntimos.
Lo peor es que ya no me siento tan feliz mientras estoy en el cielo. Sigo disfrutando de las nubes, pero de una forma mucho más espaciada y mucho más entrecortada. No tengo capacidad de evadirme un “vuelo” completo. Estoy nerviosa. Vivo el despegue con muchísima ansiedad. Y he tenido que controlar infinito mis nervios en los dos últimos viajes. Sentía un miedo horrible. Y mi mente se llenaba de pensamientos intrusivos incontrolables. Y no me gusta. Pero no puedo evitarlo. No sé si es por dejar atrás a tres personas tan pequeñas. No sé si es por mi obsesión por la muerte. No sé a qué echarle la culpa y así poder quitársela a volar. Porque no me gustaría que me dejara de gustar. Pero tampoco quiero vivirlo así.
El tamaño del baño, el ruido de la cisterna, que me asusta enormemente. El pago de asiento, de maleta. De todo. Siempre he preparado viajes para amigos, en familia, en pareja. Sin embargo, ahora, cuando empiezo por el vuelo no puedo contar con números cerrados porque sé que el pasajero tiene que pagar mucho más de lo que pone en el buscador.
El otro día hacía el check-in y me sentía completamente estafada. No me considero una persona poco generosa, pero me da mucha rabia pagar por servicios que considero que no son justos o merecedores de cuotas paralelas. Estaba tan enfadada por los precios altísimos de los asientos que decidí que íbamos “al azar”. Entonces Eugenio cayó en el asiento 15D y yo en el 32D. Y todavía me enfadé más.
Cuando comenzó el despegue y llegó la velocidad (que antes me encantaba, me llenaba de adrenalina), pensé que no tenía precio el poder viajar con alguien a quien quieres cerca. Par esa mano segura que aparece. Ese hombro donde descansar los párpados un ratito. Y entonces decidí que me dejaría engañar y que lo pagaría con gusto. Quizás porque si pasa algo prefiero que ocurra estando cerca de alguien a quien pongo nombre, historia y a quien le tengo cariño y trayectoria compartida.
Sentí miedo, durante las turbulencias me sentía sola en medio de tantísima gente. Tantas cabecitas asomando por los respaldos. Tantos, tantos, y yo solo miraba al pelo rizado de Eugenio que vislumbraba tantísimas filas delante de la mía. Demasiado lejos para una emergencia.
Siempre he prestado atención a las explicaciones de las azafatas. Me tomo muy muy en serio el momento “todos los por si acaso y accidentes”. Me muero de miedo, pero me quedo toda la información grabada. Aunque se me olvida de un despegue a otro.
Observo también en los aviones y, antes, me gustaba más porque recuerdo vuelos en los que conversaba animadamente con los de los asientos de la derecha y de la izquierda (casi siempre me toca medio, ¡menos amor!). (O peor, hoy que estoy sentada en el asiento al lado de la puerta de emergencia y la miro de reojo deseando que este en lugar del lugar más peligroso del avión sea el más seguro). Ahora todo lo que veo son pantallas. Películas descargadas con antelación en tablets, ordenadores, móviles. Cascos. Como perdernos el verdadero ruido de la vida. El sonido continuo y fuerte de la presión. De la altura. Los avisos de cinturón y de “prohibido levantarse”.
Nos veía a todos completamente metidos en las historias que habíamos elegido para ese trayecto. Miradas centradas en la pantalla. “Nadie se mira”, pienso. Y yo también me veo con mi ordenador encendido y mis manos tecleando. Y me justifico y digo “bueno, pero yo estoy escribiendo que me encanta”.
Mis sensaciones al volar han evolucionado en exceso. Recuerdo la primera vez que cogimos un avión. Me senté en medio de mis dos hermanos, y nos dimos la mano en el despegue. Creía que el corazón se saldría de mi propio cuerpo. Recuerdo esa sensación de velocidad infinita. Cerré los ojos mientras les apretaba las manos a Pablo y a Álvaro (creo que ha sido de las pocas veces que me han dado la mano así de fuerte, así de apoyo).
He viajado por motivos médicos, por trabajo, por Erasmus. Con amigos de instituto, con compañeras de universidad. Con amigas de universidad. Con mi familia. Con mi marido. Con mis hijos. Los pasajeros y los protagonistas de mis viajes han evolucionado y cambiado tanto como mis percepciones. No quiero dejar de programar vuelos, de buscar las opciones más asequibles. Pero necesito respirar fuerte, oxigenarme, quitar el miedo a que en ese ratito “modo avión” va a pasar algo gravísimo.
Me monté esta vez con la cuenta atrás. Restando las horas para verlos. Estarían dormidos a nuestra llegada, pero quizás ver esa imagen sea la mayor recompensa a esos nervios que me acompañaban desde Milán hasta Lisboa.
Volveré a las alturas, pero de momento me quedo en Tierra una temporada. [… ]
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