Capítulo 7. ¡Ay, Milán!
9 de marzo de 2026
Capítulo 7. ¡Ay, Milán!
Tengo la firme certeza de que proyectar planes, viajes, reuniones, sirve de todo menos
de acertar en lo que vas a vivir. Yo le tenía infinitas ganas a este viaje. Aunque las
ganas bailaban dependiendo de lo que iba ocurriendo en casa y en Kids. Y bailaban
porque estaban nerviosas por si finalmente podríamos vivirlo.
A veces, creemos que podemos con todo. Que el cansancio no pesa. Que lo bueno es
inmensamente positivo y que no esconde nada malo. Y no es cierto.
Nosotros programamos encantados de la vida un viaje. En una noche de absoluto
derroche de felicidad, de reencuentro, de hambre de estar juntos. Era Navidad. No
nos veíamos desde hacía tres largos meses. Y estábamos dispuestos a activar una
cuenta atrás para no dejar que la vida nos consumiera y nos alejara hasta verano.
Pero es cierto que olvidamos, o al menos lo pretendimos, todo lo que implicaba irnos
lejos unos días y unas noches.
En mi caso, me supuso mucho estrés. Emocional, físico y de todos los colores. Una
organización extrema de horarios, de contingencias, de vestuario. De necesidades. Y
hasta que lo tuve todo bajo control, sufrí lo mío. Después pasé a contemplar la idea
de ausentarnos de Kids después del mes de febrero que habíamos experimentado.
Hubo noches que venía poco probable que acabáramos en Milán Bérgamo
aterrizados, la verdad. Pero no lo pronunciaba. Yo siempre digo que cuando dices
las cosas en alto se convierten en realidad. Entonces yo lo pensaba, lo sufría, y volvía
a empezar a organizar. Eugenio, muchísimo más realista que yo, me lo advirtió en más
de una ocasión. Y yo mientras tanto convenciendo a Lydia para que hiciera todos
los malabares posibles y acabara también en aquel reencuentro en Mil ano Centrale.
Creo que todo hasta llegar al viaje también me lo condenó un poco. Obviando mi
estado actual que me hace vivir los días aún más cansada. Las piernas no me
responden como me gustaría. Y a las diez de la noche solo puedo pedir “cama,
mantita y oscuridad”
. Y eso pasó. El jueves, trasnochamos. Todo a punto. Maletas.
A la cama por fin a las dos. El viernes, un buen madrugón. Las 5:45h. Una noche de
menos de cuatro horas en el cuerpo para arrancar un viaje en el que yo misma
aseguraba. “Estoy cansada, pero vengo dispuesta a cansarme aún más porque no
quiero perderme horas de nuestra amistad”. Sí, así lo sentía, pero así no ocurrió. MiLifetime, MJo.
cuerpo me decía, “hasta aquí, mañana será otro día”. Reencuentro,
comida/merendilla, check-in en el hotel, ducha rápida, muda, más reencuentros, cena.
Y yo en la cena luchaba con todas mis fuerzas por mantenerme despierta. Por ignorar
los calambres continuos que sentía en la pierna izquierda. Luché por estar
completamente integrada en las conversaciones, escuchando con los cinco sentidos.
Pero, cuando llego a ese estado de agotamiento oigo, pero no escucho. No descifro
los mensajes, no entiendo. Estoy lenta. Y verme así me daba mucha rabia, pero no
podía evitarlo. Debí preverlo. Pero pensé una vez más que podía con todo. Me volví
a equivocar. Últimamente me pasa mucho. Abandoné el grupo la primera, bueno
empate nos fuimos dos. Me acompañaron al hotel los mismos que me acompañaban
cada noche en Los Remedios, quienes reconocen mi miedo absoluto a la noche y a las
calles.
Y entré en el dormitorio y quizás deseé compañía, una buena conversación, unos
juegos de mesa (que llevaba a propósito en la mochila). Pero entendí también que yo
no estaba en el mismo partido y que ellos habían ido a ganar. Tenían ganas de Milán,
de su noche, de las primeras cervezas, de las primeras confesiones, de la actualización
de vidas. Yo de verdad que lo entendía. Pero, también, me dolía. Quizás porque yo si
habría acompañado. Quizás porque proyecté otra noche de viernes. No esa. Diferente.
Ni la de ellos, ni la mía. Pero ya sabemos que viajar con amigos, viajar en grupo es,
además de ceder, aprender.
Yo me dormí pronto después de leer un largo rato. Caí rendida y me desperté para ir
al baño en varias ocasiones. A las cuatro de la mañana ya eché en falta su presencia,
en especial la de mi compañero de dormitorio. Los llamo. Están como podría haberme
imaginado. Ambientados. Nocturnos. Risueños. Divertidos. En otro punto. En otro
momento. Quizás sobraba también mi llamada, no debía haber dado el tono. Porque
no era el instante para entendernos. A veces, no hablamos el mismo lenguaje.
Cuando nos ponemos en el lugar de alguien que tiene nuestras mismas circunstancias
yo no lo llamo empatía, lo llamo egoísmo porque es demasiado fácil. Lo difícil es
entender a quién está en otra etapa, a quien necesita algo distinto a lo tuyo. Aunque
hay fases que, si no has experimentado, cuesta enormemente comprender. Y no los
culpo. Quizás yo siempre espero lo que no debo. Y quizás exigimos demasiado a
quienes más queremos, porque lo queremos todo. Fue una noche de emociones, deLifetime, MJo.
sentirme sola, de sentir que, en cierto sentido, por mi situación, sobraba un poco del
plan, de que era mejor que vivieran ciertas partes del día y de la noche sin mi presencia
porque era una “cortarrollos” con todas las letras. Pero ese pensamiento me hacía
daño. Mucho. Esperas de tus amigos, de tu mejor amiga, y de tu marido. Pero todos
ellos están bailando la misma canción y tú no estás escuchando esa música, así que
no entiendes para nada porque se mueven así. Lloré y lloré mucho. Y me sentía triste
por sentirme así. Me sentía mal y culpable por creerme una todoterreno cuando
quizás tocaba un poco más de calma. Sentía que yo no importaba. Que no tuve un
“¿estás bien?” “¿necesitas que me quede contigo?” todo lo contrario, yo sentía que
ellos celebraban que yo no hubiera acabado en aquel pub sumando copas. Y cuando
sientes que sobras, el corazón se te rompe a trozos.
Horas después de leerles la carta a corazón abierto, mirándolos a los ojos. Con todo
el sentimiento con el que la había redactado. Horas después me sentía en una montaña
rusa de emociones. […]
Yo también tengo mi peor versión. Esa que grita, que no escucha, que cree tener la
razón absoluta. Pero es que cuando hablo de mis necesidades emocionales hablo de
lo más importante de mi vida. Y de lo que yo siempre intento cuidar de los demás.
Grité, dije cosas que no eran ciertas, malentendí palabras en esa llamada de teléfono
y me sentí completamente fuera del grupo. Y me dormí inmensamente triste
planteándome si yo tenía que estar ahí y ahora, por el estado físico con el que convivo.
Por suerte, el sábado por la mañana. Salí temprano a pasear sola. Con mi mapa de
Monza. No uso el móvil para guiarme, lo detesto. Iba con mi mapa visitando los
puntos marcados en rojo, lo más emblemático de la ciudad. Paseé, respiré, me detuve
a mirar los candados de amor. Tuve pausas en escaparates, miré cuadros pintados
por un artista local con el que tuve una conversación interesante español-italiano-
inglés (porque cuando quieres entenderte de verdad con alguien, lo haces). Y después
de eso me sentía mucho más tranquila para hablar con ellos y expresarles como me
había sentido. Con los amigos de verdad hay que ser muy francos, muy directos, muy
reales. Con Lydia tuve una conversación importante en la que las dos sacamos
nuestras realidades, nos pedimos disculpas y no dejamos en ningún instante de ser
ese soporte. Porque ella es casa. Es esa amiga a la que le puedes decir lo que piensas,
lo que te duele, lo que te hiere, lo que te consume. Y ella te da dos voces si hace falta,Lifetime, MJo.
te hace reaccionar y te da su perspectiva, que por supuesto es opuesta a la mía. Pero
yo me sentía muy libre con ella de mirarla y de expresarle todo lo que yo tenía dentro.
Y de nuevo, cuando se trata de querer entenderse, ¡se consigue!
Uno por uno hablé con ellos, y ellos me devolvían sonrisas. Me abrazaban, me
besaron en la mejilla y encontré de nuevo mi sitio. Como si yo misma me hubiera dado
y quitado mi lugar.
Y con mi marido no fue tan fácil. Quizás porque nuestra forma de ausentarnos de
casa también es diferente y porque nuestra forma de vivir nuestras diferencias
emocionales ha evolucionado, pero no solemos ser nuestros mejores “yo” cuando
estamos con gente. Esto es algo que hablábamos bastante a menudo. Con amigos de
por medio fue fácil tapar la discrepancia, el no entendimiento. Cada uno su razón y
cada uno su forma real de sentirse herido y desatendido. Desigual, pero de cada uno
de nosotros. Y duele, duele que ansíes un futuro que cuando lo vives difiere tanto de
tu proyección.
Porque no conseguimos encontrarnos en el resto del viaje, creo que tampoco nos
buscamos a consciencia. Era la elección egoísta y fácil de vivir con nuestros amigos
que sí nos entendían, que sí estaban y una forma rápida de gastar los días sin tener
que sentarnos a hablar de lo que duele, de lo que sostiene un vínculo. El claroscuro
de un matrimonio compuesto por dos personas muy dispares, pero sobre todo en
momentos distintos. Y con el egoísmo propio de un momento inadecuado para
sentarnos, mirarnos y empatizarnos.
Un sábado largo, desde las diez. Tren, desayuno, paseo, turismo. Cola en “Orferia da
Fortunata”. Más paseo. Ningún helado. Más turismo. El parque al que le tenía tantas
ganas. El apperol de Lydia. La llama de los Juegos Paralímpicos. El tranvía
desaparecido. Las vueltas al metro y el deseo concedido de conocer el barrio de
Navigli . Cervecita en el canal con patatas fritas y croquetas. Metro y tren. Cena Milán.
Una piadina para cada uno. El centro de Monza repleto de juventud. Nosotros hace
unos años. Una taberna con toque inglés para conversaciones de última hora. Cama.
Un domingo más breve de lo previsto. Check-out. Brunch. “Mira las tostadas que
buena pinta, pídete una”. El parque. Sin ardillas. La última foto. Las prisas de vuelta.
La estación de autobús. La despedida. Tren a Milán. Tarde escribiendo. Soledad,
pensamientos y reflexiones. Mensajes en hora “ya estoy en el avión”. TodosLifetime, MJo.
cumpliendo sus horarios. Embarque y despegamos. Y volvemos a estar cada uno en
un punto del mapa del mundo.
Milán ha tenido pizzas, pasta rica, platos por personas, antipas ti que daban rigor y
verdad a ese “llenas el ojo antes que la calabaza”. Hemos celebrado un 34
cumpleaños. Milán ha sido testigo de confesiones importantes, de daños enormes. De
equivocaciones, pero también de muchos abrazos, que cuando no podían ser
colectivos (que son los que nos gustan) son en cadena.
Milán nos ha visto llegar con las mochilas que cumplen las medidas de Ryana ir , nos
ha enseñado a coger tickets de tren, nos ha abierto las puertas de la plaza del Duomo
y nos ha mostrado vistas desde la Galería. Milán ha tenido un trocito, una vista
rápida, de lo que fuimos en Sevilla. De un grupo de amigos que hablan sin cesar. Que
pasean sin prisas. Que se esperan, que se detienen. O van a un ritmo imposible. Y lo
hacen todo sin enfadarse. Amigos que bromean, que suman. Amigos que hablan de
lo que de verdad importa. Amigos que han crecido tanto que a veces se les olvida. Y
en esos amigos un matrimonio inmerso. Sin tiempo de dedicarnos y que en una
discusión necesita espacio. Pero sabíamos a lo que veníamos y tampoco
pretendíamos otra cosa.
Milán los cansó el viernes tanto que el sábado fue breve. Milán nos ha agotado las
piernas de recorrerla caminando, menos a Navigli , que ya fuimos en metro porque en
tranvía imposible. Y ahí me sentí como en una escena de las películas de los libros de
Moccia. Con los jóvenes italianos bebiendo Corona cerca del canal, hablando en
tono alto. Todo era tal cual yo me lo imaginaba cuando leía aquellos libros.
Milán ha sido sorpresa, más bonita de lo que todos esperábamos y más intensa de
lo que todos esperábamos. Y Milán nos ha despedido mientras nos dedicábamos
convencidos unas palabras “ha merecido mil el esfuerzo de vivirlo”.
¡Ay, Milán! Nos llevamos este fin de semana en la mochila. Has sido completo, pero
te hemos hecho hueco en estas mochilas que tenían todas las cremalleras gritando,
menos la de Marcos con sus tres camisas y el pantalón de muda.
Milán, gracias por ser un escenario nuevo y para siempre de nuestra historia. Tal y
como has sido, ya te recordamos. ¿No es increíble lo rápido que todo se convierte en
pasado?
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Capítulo 8. Nuestra vida: una partida de bolos
En este capítulo, MJo reflexiona sobre la dificultad de la vida cotidiana y la importancia de elegir cómo vivirla. A través de la metáfora de una partida de bolos —donde nunca se logra un “strike” perfecto— reconoce que la vida está llena de retos, desde la maternidad hasta el trabajo y las relaciones. Sin embargo, decide dejar atrás la queja y mirar con gratitud todo lo que ha construido: su familia, sus proyectos y los sueños que han tomado forma con los años. A veces, concluye, la clave no está en hacerlo todo perfecto, sino en aprender a jugar con menos bolos en la pista.
Capítulo 9. La mañana que lloré, los cambios del mes de enero
En este capítulo, MJo comparte un día de cansancio extremo entre el trabajo, la maternidad y las responsabilidades cotidianas. Entre confesiones con otras madres, jornadas intensas en la escuela y pequeños momentos con sus hijos, reflexiona sobre el agotamiento real de la vida familiar y profesional. Aun así, encuentra sentido en enseñar a sus hijos con el ejemplo y en recordar que, incluso en medio del cansancio, el amor y el aprendizaje como padres siguen siendo lo más importante.
Lifetime. Capítulo 5. Cuando crezcáis, quiero saber que os dejé mi legado más importante.
En este capítulo, MJo escribe una carta a sus hijos donde reflexiona sobre el legado más importante que quiere dejarles. A través de consejos sobre el amor, la empatía, la responsabilidad emocional y la honestidad, les invita a crecer siendo buenas personas, a cuidar a quienes aman y a valorar las cosas sencillas de la vida. Es una declaración profunda de valores y de amor de madre, en la que expresa su deseo de que todo lo que les ha enseñado les acompañe cuando crezcan.

