Capítulo 10. Las luces y las sombras de tener un bebé en la barriguita.
22 de marzo de 2026
Capítulo 10. Las luces y las sombras de tener un bebé en la barriguita.
Lo primero de todo, estas primeras líneas van para todas esas mujeres que sueñan con verse así. Con una barriguita, con un corazón latiendo por dentro. Mi más sincera empatía en tu proceso y todo mi amor a este camino que sigues por conseguir el sueño más de mujer que yo reconozco. Ojalá pronto tengas una vida dentro de ti. Pero por favor no pienses jamás que tu valor depende de que puedas ser mamá por esa vía. […]
Por respeto a todas las mujeres que buscan y no llegan, empezaré diciendo que sé de tantísimas mujeres que han pasado meses y años buscando a ese bebé. Teniendo, en pareja, un sueño compartido. O solas, pero con una red de amor y de familia que las envuelve. Desesperados, calmados, impacientes, pacientes. No hay fórmulas para vivir y para acompañar un proceso como ese. Y aquí arranca mi historia.
Esa que, aunque injusto, ha sido sencilla. Ha sido amable. Ha sido llevadera. Un proceso que inicia poco después de empezar. Con María en mi barriguita. Una niña. Mi primera hija. Y así sucedieron el resto de embarazos que siempre soñamos tener. Aunque también nos tocó conocer la pérdida. Que duele en lo más hondo del alma. Tan profundo que yo misma no reconocía tal profundidad. […]
No he sentido nada más poderoso que mis embarazos. Nada que me haya hecho sentir más yo misma. Más segura. Y más insegura a la vez. Un cuerpo que se transforma. Unas emociones que brotan sin permiso. Unos miedos irracionales que intentan tomar el control de tu vida. Y, a veces, lo consiguen dejando el más absoluto caos.
Estar embarazada es… maravilloso. No me quejo en mis embarazos porque me aferro mucho a esta creencia tan mía “demasiado poco me pasa por fuera para lo que estoy haciendo por dentro”. Y es algo que he pensado siempre, pero más en concreto desde que fue el turno de Gonzalo. Veía a María fuera. Y era impensable que esa niña tan bonita, con sus dos manitas, sus diez dedos, sus pies, su cabello moreno. Que todo eso que a mí me embelesaba se hubiera formado dentro de esa barriguita.
Los embarazos hacen que dejes de reconocerte por fuera, y por dentro. Te comparas, más que nunca. Todas están más delgadas que tú. Todas son más guapas que tú embarazadas. Todas son más capaces que tú. […]
Yo siempre tan cansada, tanto dolor en mis piernas (que se ha acentuado en cada una de mis experiencias). Tantísimos kilos acumulados. Unas barrigas de tamaño XXXL. Las de los niños incluso más grandes que las de mis niñas.
La inseguridad que se ha hecho un hueco enorme en mi vida. La ansiedad. He conocido emociones a un nivel tan alto que me costaba creer que las estuviera sintiendo yo. Yo que siempre he intentado controlar, ser inteligente emocionalmente, porque para mí es una gran cualidad. Algo que siempre he soñado ser. Quizás por la torpeza emocional de personas que debieron tener un papel importante en mi vida y no lo tuvieron, por ese motivo.
Leyendo, acompañándome de profesionales, hablando largos ratos con personas a las que admiro, basándome en conversaciones que me llegan, en textos. En todos mis momentos de espera he intentado nutrirme, bajar el nivel excesivo de esas emociones que llegaban a controlarme. Ese baile hormonal que debutaba incluso cuando no había música sonando. Porque las hormonas tienen su propio ritmo, ese que, sin previo aviso, te mueve tus cimientos. Te hace gritar, hacer o ser lo que tú no eres, lo que tú no haces. Y prometo que es verdad.
A mí que me encanta ver las situaciones desde fuera, que soy tan consciente de mi vida, de mis acciones, llegaba a observarme con miedo, con preocupación. Por esa persona que grita, que dice cosas que no concuerdan con su forma de querer o de estar presente.
Estar embarazada para mí era un premio, además de ese sueño. Eran como recompensas de mi vida. Yo siempre confío en “lo que la vida de un lado te quita, de otro te lo da”. Y así, me confiaba a mí misma esa suerte y esa bendición absoluta de encontrar en mis búsquedas.
Cada embarazo ha supuesto una etapa distinta, con sus propias circunstancias y necesidades. Individuales y comunes. Personales y profesionales. “La experiencia es un grado”. Tal vez sí, en otro contexto. Tú embarazada eres una versión diferente en cada mamá gestante en la que te conviertes y a la que vas reconociendo poco a poco. Tienes miedos dispares, conjugas presentes distintos y vives con amores varios.
El primer embarazo es inocencia. Es ilusión desbordante. Es volverte loca en el mejor sentido de la palabra, anticipándote a necesidades que tú misma te has inventado para alguien que aún ni conoces ni sabes lo que necesita.
El segundo embarazo es culpabilidad. Es sentir que nunca podrás querer igual. La convicción absoluta y errónea de “no puedo querer a un segundo hijo como al primero”. Es la incapacidad de jugar, bañar, vestir a tu primer bebé. Porque tienes una barriga gigante que te impide ser y estar como solías hacer. Creando distancia y daño. […]
Mi tercer embarazo, después de un aborto, fue miedo. En cada ECO. Miedo a volver a escuchar “no tiene latido”. Miedo a que acabara esa vida que tanto deseábamos. A que se apagara esa luz que se nos está devolviendo. Fue miedo al futuro. A la soledad. Sentirme incompleta. Triste durante cada mes, cada día. Una tristeza que nunca jamás antes o después yo he experimentado. Un dolor que no puedo contar porque se escapa de mi entendimiento, aunque aún lo tengo tan, tan dentro.
Y mi último embarazo, el cuarto, es inspiración. Resiliencia. Es saberme capaz de cumplir mi sueño de tener cuatro hijos: dos niños y dos niñas. Fue realidad. Autocontrol. Aprendizaje. Regalo. A mí. Acompañamiento profesional. Anticaída. También culpabilidad extrema. A otro nivel. A ese que no se puede contar. Porque hay tres vidas latiendo fuera, una dentro. Y la tuya propia. Todas intentando salvar su propio ritmo. Todas con necesidades diferentes. Y yo misma sin entender lo que yo misma necesito a cada momento. Porque las hormonas han vuelto a bailar. A volverse locas. Pero de remate. […]
Sin dejar de lado la belleza y la suerte infinita de poder gestar de nuevo. De crear esa última vida que llegará a casa. Mi pandilla. Sin olvidar lo esencial. La maravillosa e increíble hazaña de crear una vida dentro de una barriga. Aunque eso signifique necesitar estar tumbada, llegar a las nueve a marchas forzadas, dormir mal. Vivir preocupada.
Y es que dicen que las madres desde que nos enteramos por primera vez de que están aquí ya no volvemos a ser las mismas. Y yo solo puedo corroborar cada palabra que conforma esa afirmación.
Porque no olvidas jamás el inicio de ese proceso. El que lo presientes. El día que lo sabes. El que ya lo sientes dentro. El que lo compartes. El que ya los movimientos de adentro salen a la superficie. El día que termina. Y es que el embarazo tiene formas, tiene etapas. Tiene necesidades y especialidades que ninguna otra etapa requiere. Y aceptarlo es ganar la batalla. A las hormonas. A tus miedos. A tus inseguridades. A tus comparaciones. Absurdas, pero latentes.
Hay un corazón pequeño que late dentro de ti, durante muy poco tiempo. Aunque a veces el embarazo se nos antoja largo, muy pero que muy largo. Pero como todo en este viaje es en realidad muy pero que muy corto. Es un fragmento de nuestra vida que ocupa muy poco espacio en nuestra línea vital. Y sin embargo es de esos a los que llamamos “los grandes momentos de nuestra vida”. Esos que te llevas contigo hasta el último día. Esos que narras mientras sonríes o lloras, o todo a la vez. Esos que compartes con orgullo, con fortaleza, con nostalgia.
Y dentro de ti; mientras tú lloras delante del espejo, mientras te compras una talla más, mientras discutes por banalidades, mientras te sale otro grano, mientras estás hinchada y lloras más, mientras esto y mucho más; hay una vida que tiene vida gracias a ti. Que tiene dos manitas, y dos pulmones. Y tiene dos riñones y dos pies. Y se alimenta. Y duerme. Y encuentra en esa que llora, que no se gusta, que se cansa, que se queja, que se equivoca, en todas esas versiones de ella, encuentra el mejor lugar del mundo. El refugio más seguro en el que jamás volverá a estar. Porque no hay nada más increíble que vivir en el vientre de tu madre. Ni nada que pueda compararse a estar dentro de la persona que más te quiere de este mundo.
Y ahí cuando veo a mis hijos que ya laten fuera, que lo hacen sin necesitarme. Que respiran incluso cuando yo no tengo aliento, que duermen fuera de mis brazos. Es ahí cuando valoro infinito todo lo que he hecho por ellos. Cada porcentaje de salud que he perdido por crearlos. Cada kilo que no he podido perder. Cada transformación de mí misma. Cada nueva versión. Cada miedo. Es ahí cuando descubro que esa insegura, que esa que tanto amor necesita en este momento, es más fuerte de lo que ella misma cree. Porque ella da un amor que a veces no tiene. Se entrega a la causa. Y vuelve a perder y a ganar. Y vuelve a llorar y a reír. Y sigue sin dormir. Y tiene miedo, pero se toca la barriguita y deja brotar las lágrimas. Que tienen sabores agridulces. Que saben a felicidad, a temor, a orgullo. Que buscan sentir las patadas de esos dos pies que espera que tenga su bebé.
Y es cuando acaban los embarazos cuando valoramos haberlos vivido. Porque somos humanos que celebramos el final deseando volver al inicio. Esperando vivirlo otra última vez para darle más valor, más verdad, más sentimiento.
Nos escribo a nosotras. A las mujeres que nos sentimos menos. Que durante nueve meses nos vemos inexistentes, nos vemos apagadas físicamente. Nos vemos agotadas. Y, aún así, seguimos levantándonos cada mañana con energía por los corazones que laten cerquita de nosotras. Porque, aunque ya tiene su propio son, yo siempre sentiré que somos absolutamente la misma melodía.
Gracias a mis hijos por la mejor banda sonora de mi vida,
Incorporamos al último músico de esta banda.
Y aunque estoy deseando conocerte, también estoy deseando disfrutarte así. Tan dentro de mí.
Contacta con nosotros
Capítulo 11. Queridos papás Kids&Us Badajoz
En este capítulo, MJo se dirige a los padres de Kids&Us Badajoz para reivindicar su papel fundamental en la vida de sus hijos. Reflexiona sobre la importancia de respetar su forma única de ejercer la paternidad, sin comparaciones con la maternidad, y defiende la necesidad de celebrar el Día del Padre desde la diversidad de realidades familiares. A través de una mirada personal y honesta, pone en valor el compromiso, el amor y la responsabilidad de los padres, recordando que su presencia es insustituible en el desarrollo emocional y en los recuerdos más felices de los niños.
Capítulo 8. Nuestra vida: una partida de bolos
En este capítulo, MJo reflexiona sobre la dificultad de la vida cotidiana y la importancia de elegir cómo vivirla. A través de la metáfora de una partida de bolos —donde nunca se logra un “strike” perfecto— reconoce que la vida está llena de retos, desde la maternidad hasta el trabajo y las relaciones. Sin embargo, decide dejar atrás la queja y mirar con gratitud todo lo que ha construido: su familia, sus proyectos y los sueños que han tomado forma con los años. A veces, concluye, la clave no está en hacerlo todo perfecto, sino en aprender a jugar con menos bolos en la pista.
Capítulo 9. La mañana que lloré, los cambios del mes de enero
En este capítulo, MJo comparte un día de cansancio extremo entre el trabajo, la maternidad y las responsabilidades cotidianas. Entre confesiones con otras madres, jornadas intensas en la escuela y pequeños momentos con sus hijos, reflexiona sobre el agotamiento real de la vida familiar y profesional. Aun así, encuentra sentido en enseñar a sus hijos con el ejemplo y en recordar que, incluso en medio del cansancio, el amor y el aprendizaje como padres siguen siendo lo más importante.

