Capítulo 2. El dolor de una despedida para siempre.

23 de febrero de 2026

Lifetime. Capítulo 2. El dolor de una despedida para siempre. 

 

Siempre hablamos de todos los sentimientos que despierta una boda, un aeropuerto o el nacimiento de un bebé. Quizás, por no mostrarnos vulnerables, omitimos todo eso que vivimos en un funeral. Ese momento en el que hay personas despidiéndose por primera y por última vez para siempre. 

Esta mañana, una iglesia abarrotada de personas, pero yo solo veía a un puñado de personas sentadas en las primeras filas. Gafas de sol, vestimentas negras. No es muy difícil en un entierro saber quiénes son los “dolientes”. Y no solo por la cantidad de lágrimas visibles.

Acompañar en días así es cuanto menos importante, pero es realmente doloroso para todos los que vemos esa caja que te cuenta el final de una historia. Que encierra capítulos ya escritos. Recuerdos. El final de una vida. Y más si se trata de alguien tan sumamente joven. Con la facilidad absoluta de ponerte en esa piel. De imaginar el final de tu propia vida. 

Ves pasar velozmente todo eso que alguna vez tú misma has proyectado con tu pareja y piensas en todo lo que él ya no vivirá. Unas promesas de amor que no tienen posibilidades. Porque la enfermedad puede con todo. 

Un padre que deja a dos hijos tan pequeños. Una madre que ejercerá para siempre ambos roles. Una mujer que deja a su compañero de vida en una estación y aunque yo le digo que ha tenido un papel precioso porque es para siempre el amor de su vida, reconozco el auténtico dolor de una historia de amor que no tenía ese guion. 

Todos los sueños y planes rotos. Y como madre no hablo de si finalmente viajas a Nueva York o a Japón. Porque cuando eres madre o padre el mayor éxito, los mayores paisajes, los mejores monumentos y las siete maravillas los tienes cerca. Y haces ahí, en tu casa, las mejores postales. Esas que sin filtros, muchas en pijama, sin maquillaje y sin poses, consiguen ser las estampas de tu vida. 

“Si tú hubieras conocido a mi marido antes de todo esto.” Frases que durante meses hemos cambiado en conversaciones importantes en momentos muy rutinarios. En sus promesas a su peque mayor de ir a recogerlo a inglés a pesar de todo. Y esas formas mágicas de seguir (sobre)viviendo que tiene una madre incluso en el peor de los momentos. Porque puedo fallar todo, menos el amor incondicional a esa infancia, a ese niño que es solo una víctima más de una enfermedad que no tocaba. Desde la primera vez que hablamos por teléfono sentí una empatía enorme hacia una mamá que iba a cumplir con la necesidad de su hijo, iba a salvar una etapa de ellos mientras ella casi no podía salvarse a sí misma. Un diagnóstico que rompe completamente vidas, que cancela cualquier futuro y que te golpea fuertemente el alma, dejándote el corazón añicos, pero las obligaciones bien marcadas. Con una vida entregada a un enfermo que es, sin lugar a dudas, quien más pierde. Marchándose de las vidas de quienes más quiere sin voluntad alguna.

 

“Siempre quisimos tener tres hijos, MJo”. Y otras muchas palabras que recuerdo y que me visitan muchas noches cuando pienso en vosotros. Y cuando os he tenido tan presentes en mis desvelos. Tus ojos tristes y agotados. Tus abrazos dispuestos en la salida. Tu prisa, tus ganas de hablar. El abrazo de hoy que me ha dolido infinito. Tu mensaje de madrugada dándome aviso. Supongo que sabrás que esto también marca nuestras vidas. Porque nos recuerda lo frágil que es todo. Y nos replanteamos si merece la pena los desacuerdos banales, las luchas absurdas, las prisas continuas. Cuando vives en directo una despedida así, cuando te hablan de “las costuras de la vida” te sientes inmensamente rota. Al menos yo. Hoy sentía que no mucho tenía sentido. Y sales de la iglesia y ves que todo sigue girando, como si no importara esa vida que ha terminado. La gente pitando en el tráfico fluido de Badajoz, la música alta del Carnaval. Y todo lo de siempre cuando para vosotros jamás volverá a serlo.

Nunca crees que va a pasar cerca de ti. O que vas a ser protagonista de un duelo. Que tu matrimonio va a ser corto o que tus hijos van a crecer huérfanos de padre. Supongo que porque no podemos imaginar un futuro tan triste. Porque te casas con un “para siempre” que esperamos que sea eterno o, al menos, muy muy largo. Nunca te imaginas que de repente tu vida se para. Porque se para. Porque dejas de latir como antes. Porque el corazón está triste. Porque tú solo actúas de forma automática, robotizada y necesaria. Porque el dolor te impide vivir con emoción y solo tiñes cada día que pasa de tristeza, de miedo, de incertidumbre y también de la seguridad de un final que llama a la puerta. Que está cerca, que va a llegar. Pero para el que nunca te preparas.

En escasos dos meses he vivido muy de cerca de dos pacientes de ELA. Y para quien tenga la suerte de no haber escuchado nunca sobre ella, como definición súper básica (la primera que yo leí cuando diagnosticaron a alguien importante): 

“La Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) es una enfermedad neurodegenerativa progresiva e irreversible que ataca las neuronas motoras en el cerebro y médula espinal. Causa debilidad muscular severa, parálisis y afecta el habla, deglución y respiración, manteniendo intactos los sentidos y la capacidad intelectual. Es una enfermedad rara con una esperanza de vida media de 2 a 5 años tras el diagnóstico”.

Sin embargo, estos dos pacientes de los que me he despedido en un espacio de tiempo tan cercano han tenido una vida muchísimo más corta después del diagnóstico. 

Hoy despedíamos a una persona que tenía dos años más que yo. Que tenía una vida muy parecida a la mía. Con una familia, con una mujer a la que elegía cada día. Una gran compañera que lo ha cuidado tanto. Y también dábamos la bienvenida a una nueva etapa de la vida de su mujer y sus hijos que, desde hoy, comienzan a vivir sin él físicamente. 

Durante meses me he preguntado cómo es despedirse de alguien a consciencia. Qué le dices a alguien que amas, que sabes que no volverás a abrazar. Este, entre otros pensamientos, es de mis torturas y apariencias recurrentes en mi insomnio constante. (Ya he hablado mucho por aquí de mi miedo y obsesión por la muerte).

Supongo que haber perdido siempre a familiares de forma inesperada y sin posibilidad alguna de decir adiós genera en mí ese desconocimiento absoluto. Solo, hace dos meses cuando se fue alguien muy significativo de nuestra familia, por ELA, tuve la oportunidad de escribirle una carta para que mi madre se la leyera. Y fue la vez que más torpe me sentí delante de una hoja en blanco. No creo que sea una carta especialmente emotiva, pero fue lo mejor que pude redactar en esa cuenta atrás sabiendo que quedaban horas para enviarla a tiempo. Y al final es mucho más fácil escribir que hablar. Y supongo también que no lo he vivido ni como hija ni como <mujer de>.

“Querida Inma,

Esta es una de las cartas que más necesidad tengo de escribir y a la vez la que más tristeza me produce. Quizás porque me habría encantado darte un último abrazo y decirte personalmente lo importante que has sido, eres y serás siempre en nuestra familia. De la que tú has sido siempre una pieza memorable. Y ese es el verdadero secreto y la verdadera magia. Ser para otros más de lo que nunca jamás imaginamos ser. No creas que todo esto lo he escrito de forma continua, porque es difícil escribir sabiendo que va a ser la última vez que sepas de mí, de nosotros. [...] Lo importante no es que te vayas, sino todo lo que nos dejas. Tus recuerdos. Tu sonrisa. Tus abrazos [...] Me acuerdo de todas las historias que me has compartido. [...] Todo aquello que parecía una película. Aunque con los años he entendido que una buena vida debe ser tan intensa y tan surrealista como una película, sino ¿qué sentido tendría todo esto?

[...] Aunque quizás habría estado bien que hubiera tenido más momentos cómicos. Me parece imposible despedirme de ti, supongo también porque es despedirnos de alguien que ha estado siempre. En las anécdotas favoritas de mi madre. Alguien que siempre hemos echado de menos. Has sido siempre esa amiga que todos queríamos tener más cerca.

Gracias por acompañarnos en todo lo importante. Por ser protagonista de nuestros capítulos más señalados. [...] No temas a irte, porque no te vas a ir del todo. Vamos a seguir hablando de ti. Sonriendo por ti. tus hijos van a estar protegidos por todos los que os queremos. Una red de amor incondicional que has tejido tú también.

Gracias por los recuerdos. Por el dolor que sentimos ahora. Por la rabia porque tengas que ser tú. Quizás esta sea la última vez que te escriba, pero no la última que voy a contarte.

Te vamos a echar de menos Y vamos a sentirte. [...] La vida se mide por todos los que nos han querido, por los que nos van a llorar y a extrañar. Porque tocamos vidas más allá de lo que pensamos. 

[...] Te deseo una despedida en calma, un sueño profundo y que no haya más lágrimas. Aprovecha estas últimas horas y piensa en absolutamente todo lo bueno que has sentido. Vamos a cuidar de ellos. Con cercanía, con bondad y con empatía. [...] Descansa mucho, Estos meses han sido de los más tristes para todos. Quizás porque sabíamos que esto era imparable. Gracias por tu fortaleza, por tu valentía, por tu ejemplo. [...] Vamos a verlos crecer y te vamos a contar todo .[...] Te queremos mucho, Gracias por existir. Descansa con la tranquilidad de todo lo que has sido para todos nosotros. Descansa a sabiendas de que has sido muy querida. No tengas miedo por favor. No estás sola. Gracias por ser tan especial. Te voy a querer siempre, te vamos a reír siempre. Con cada anécdota. Esas que jamás me he cansado de escuchar. Con esas con las que me encanta imaginaros.

Con cariño,

María.”

En esta ocasión he elegido acompañarte a ti Carmen, hacer que todo lo nuevo sea menos difícil. Que te dé menos miedo todo lo que viene. Que te sientas en paz por todo lo que te has entregado. Y es que cuando cuidas de alguien, el vacío es mucho más grande. Esa dedicación, ese tiempo. Todo el cuidado invertido. Ahora faltan excusas para llenar los días. 

Volverás a ir al parque por las tardes, como cualquier niño necesita y quiere. Volverás a reírte fuerte. Hablarás de él sin llorar tan fuerte. Y agradecerás el amor que habéis convertido. Ese que os habíais prometido. Verás vuestras fotos y lo harás con orgullo, con nostalgia. Y no con las lágrimas con las que las vemos todos ahora. Y te sentirás feliz. Algún día. Porque habrá merecido la pena, que el camino, aunque breve, lo hayáis compartido. Es un gran capítulo de tu historia. Yo siempre digo que no es necesario sufrir tanto para aprender. Pero a vosotros os ha tocado una lección llena de dolor.

Hemos hablado muchas veces de cómo sería este momento. De cuándo llegaría. Y de cómo lo vivirías. De como transitarías la despedida, la vuelta a casa sin él. 

Solo deseo que te aferres tanto a la vida y te agarres tan fuerte como él lo ha hecho todo este tiempo. Tanto como a él le gustaría verte. 

No es un acompañamiento a una familia Kids&Us, que también, es un sentimiento fortísimo a una madre. A una familia que le toca perder. A un niño pequeño que le han quitado la opción de crecer con su padre. A un bebé que no le ha dado tiempo de disfrutar con un papá sano.

Es un enfado incurable. Una injusticia insalvable. Una enfermedad cruel, que llega a las casas para destrozar la felicidad de lo ordinario. Porque convierte cada cosa pequeña en un obstáculo.

Enciéndete el alma, Carmen, porque va a estar oscuro pero te prometo que vamos a hacer todo lo posible por darte y devolverte un poco de luz.

Porque ojalá esto nos sirva como lección de vida. Sea un recordatorio para nosotros de la fugacidad de la vida. De la lotería que nos toca cada mañana. De la celebración necesaria por estar vivos. Ojalá supiéramos ver a través de esto un futuro más fácil. Con valores marcados, con sueños asequibles. Escuchaba a María Pombo en el Podcast de “A solas con...” del éxito de “no querer cambiar nada de tu vida”. Ojalá no tenga que visitarnos la enfermedad para valorar lo que tenemos. La suerte infinita de poder vernos crecer y de crecer nosotros mismos. Que sepamos capaces de ser fieles, reales, buenos. Es tristísimo que tengamos que aprender con tanta crueldad, pero si algo tan trágico vale para que tomemos conciencia, seguridad y sepamos vivir con sentido, dándole a cada momento el valor que le corresponde. Siendo humanos con el resto de humanos. Sin tantas exigencias. Con empatía y generosidad. Ojalá esto solo tenga una única forma de leerse: vivir, vivir y vivir. Carpe Diem.

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